Friday, January 12, 2007

REVISTA CULTURAL WALLABATH NÚMERO 4

El día 15 saldrá en formato digital el número 4 de la Revista Cultural de la Royal and Imperial House of Oriente, Wallabath.
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Tras la muerte de Abu Bakr, el primer califa que además había sido yerno de Mahoma, Umar se convirtió en su sucesor (634-644). Umar tuvo una importancia considerable en la historia del islam, ya que no sólo ordenó la elaboración de un texto unificado del Corán sino que además inició la expansión del islam fuera de Arabia. Aunque el islam ha insistido después en su carácter cosmopolita, parece fuera de duda que en aquellos primeros años era fundamentalmente una religión árabe que perseguía el beneficio de este pueblo mediante la conquista de nuevas tierras. Durante el califato de Umar, Egipto, Siria, Irak y la parte norte de Mesopotamia fueron sometidos.
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A su muerte en el año 644, fue otro pariente de Mahoma, su yerno Utmán ibn Affan, el nuevo califa. Durante su gobierno, a las pretensiones de la aristocracia árabe de seguir monopolizando el poder político se opusieron los intereses de los nuevos conversos y, en 656, Utmán fue asesinado tras un levantamiento de los musulmanes de Irak y de Egipto. Lo que vendría a continuación sería una larga guerra civil que dividiría para siempre el islam. Mientras Alí, primo y yerno de Mahoma, era aclamado como cuarto califa por los habitantes de Medina, Muawiya, el gobernador de Siria, se negó a reconocerlo en calidad de tal. En el año 657, los dos bandos chocaron en la llanura de Siffin, al norte de Siria. Ambos contendientes decidieron recurrir al arbitraje para acabar con la guerra pero semejante decisión sólo sirvió para que un grupo –los denominados jariyíes– se apartara de ellos comprometiéndose a matar a Alí –cuyos partidarios se convirtieron en los shiítas– y a Muawiya. Mataron a Alí, pero sobrevivió Muawiya que inició el califato omeya.
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La dinastía omeya, produjo un periodo de verdadero esplendor. Tras fijar la capital en Damasco, Muawiya adoptó el principio de sucesión califal así como buena parte de las instituciones bizantinas. Tanto él como sus sucesores se verían sometidos al asedio de shiítas, jariyíes y maulas –los conversos no árabes–, que consideraban a los omeyas demasiado flexibles en su fe. A pesar de estas luchas intestinas, los omeyas lograron extender el islam desde China a España, donde la resistencia del minúsculo reino asturiano impidió su paso allende los Pirineos.
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Finalmente, en 750, los omeyas fueron derrocados y asesinados en masa por una coalición de fuerzas hostiles capitaneadas por Abul Abbas, un descendiente indirecto de Mahoma. Abbas trasladó la capital a Bagdad e intentó proporcionar a su dinastía una dimensión más islámica que nacional. Los abasidas fueron tributarios de las instituciones y ceremonias de la antigua monarquía persa y se mostraron incapaces de proporcionar cohesión a su imperio. A finales del siglo IX, el califato abasida se vio cuarteado por la aparición de principados independientes en las provincias orientales y el surgimiento de califatos rivales en el norte de África –los fatimíes– y en Al-Ándalus –los omeyas–. Antes de que concluyera el siglo X, los mongoles bajo el mando de Hulegu Kan, un nieto de Gengis Kan, acabaron con el califato.
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Hasta ese momento, el poder en el islam había estado vinculado con familias de origen árabe que, no pocas veces, tenían una relación directa con Mahoma. Sin embargo, esa situación resultaba cada vez más difícil de sostener en la medida en que la mayoría de los pueblos que habían abrazado el islam no eran árabes y sus súbditos deseaban un reparto más equitativo del poder.