El miércoles, saldrá en formato digital el Cuaderno Concordia XIº, con el título de la Asamblea de Valladolid y el movimiento Irmandiño. Los irmandiños gobernaron el reino de Galicia entre 1467 y 1469: es la única vez en la historia de Galicia que la gente común protagoniza, en grado remarcarble, un acontecimiento al fin y a la postre victorioso. Estas características, protagonismo campesino-popular y resultados positivos, definen como extraordinarios de los sucesos de 1467-1469.
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Nada fue igual en Galicia tras el paso del huracán irmandiño. El historiador Benito Vicetto, descubridor de la importancia histórica del levantamiento gallego de
1467, lo caracteriza, en 1872, como "la epopeya más grande y admirable que registran en sus anales todos los antiguos reinos de la antigua Iberia", y desde luego no le falta razón, incluso contando con la exageración que encierra la frase, fruto del entusiasmo personal de nuestro romántico liberal. La realidad es que la revolución irmandiña es una de las revueltas sociales que mejor expresan en Europa la crisis del mundo medieval y el origen de la modernidad; seguramente, la primera revuelta popular en cuanto a posibilidad de disponer documentalmente del punto de vista de sus actores.
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¿Por que estalla en la primavera de 1467 la insurrección gallega de la gente común? Los de abajo, dicen ellos mismos, "no podían resistir" los agravios y las violencias y los tributos de los señores de las fortalezas; los de arriba, con evidencia, no podían seguir gobernando de la misma manera que en el pasado.
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Hay que decir que la anarquía nobiliar es anterior al levantamiento general de los vasallos contra sus señores. Resulta incuestionable la incapacidad histórica de la nobleza gallega, a finales de la Edad Media, para gobernar el reino y ejercer su dominio social sin una violencia física desmesurada, respetando costumbres y leyes, esto es, conservando el respeto de sus vasallos, el apoyo de la Iglesia, y, sobre todo, la unidad de la clase señorial gallega y el amparo de la monarquía castellana. La revolución irmandiña es la consecuencia del fracaso irreversible de una clase dirigente.
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La prolongada y brutal ofensiva, desde 1369, de la nueva aristocracia trastamarista por hacerse con el poder social en Galicia encuentra pues, cumplidamente, la horma de su zapato con los irmandiños. La derrota moral, social y militar de 1467 supone sin ninguna duda el principio del fin de la nobleza feudal en Galicia, y, en definitiva, la entrada en la Edad Moderna, época de grandes luces pero también, hay que decirlo, de negras sombras para los gallegos.
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¿Por qué las tensiones sociales acumuladas, a lo largo del conflictivo siglo XV gallego, estallan precisamente en la primavera irmandiña de 1467? Desde 1465 se produce cierto vacio de poder en la Corona de Castilla y León, como consecuencia de la guerra civil entre Enrique IV y Alfonso XII, debilitadora del poder real en ambos bandos. Vacio que la formación de la Santa Irmandade llena de inmensas ilusiones en un pronto cambio de unas relaciones sociales marcadas por los abusos de los señores laicos. Los abusos señoriales se habían convertido en Galicia, a mediados del siglo XV, en usos y costumbres.
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El reino de Galicia siguió siendo fiel a Enrique IV, en concreto las ciudades y los obispos, no así los grandes señores -no todos- como el Conde de Benavente y Juan Pimentel, el Conde de Santa Marta y Juan de Zúñiga, el arzobispo de Santiago Alonso de Fonseca, el Conde de Lemos o Fernán Pérez de Andrade, que entre 1465 y 1467 militan de forma más o menos consecuente y activa en el bando del príncipe Alfonso. La Galicia popular, leal a Enrique IV, no tardará en pasar la factura antiseñorial, confundiendo sus intereses sociales con los intereses políticos, más coyunturales, del rey y su Corte de domeñar a la nobleza rebelde.
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La demanda
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Mientras la nobleza gallega se divorcia del rey legítimo, alineándose con la rebelde nobleza castellana, arrecian las peticiones de hermandades para Galicia por parte de los más importantes concejos urbanos a fin de salvaguardar la justicia, la paz y la seguridad del reino, frente a los señores y sus fortalezas. Santiago, Betanzos, Pontevedra, A Coruña, Ourense, Lugo y Ferrol, bien por grupos bien separadamemte, solicitan urgente y repetidamente al rey consentimiento para la formación en el reino de Galicia de la hermandad que ya venía funcionando en Castilla y León desde finales de 1464. Las ciudades no obtienen resultado alguno hasta 1467; pesaba indudablemente en Enrique IV el temor a que la institución de las milicias populares entrañase la decantación definitiva en favor de Don Alfonso de caballeros poderosos y oscilantes como el Conde de Lemos, el Conde de Santa Marta o Juan de Zúñiga, y aún que tal medida en favor de los vasallos molestase incluso a los señores gallegos que eran de su bando.
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Todo indica que la demanda gallega de la hermandad más efectiva parte de Betanzos y tiene como lider al notario Joan Branco, después diputado y capitán general irmandiño. Betanzos, conjuntamente con A Coruña, Pontedeume, Ferrol y As Mariñas, acaba logrando la carta de Enrique IV para la constitución de la Santa Irmandade del reino de Galicia, que después será pregonada en plazas y calles. Ya en mayo de 1465, nuestro Joan Branco aparece representando a Betanzos y a Galicia en las Cortes de Salamanca, junto con las restantes ciudades partidarias de Enrique IV, quien al mes siguiente hace ciudad a la villa de Betanzos, le devuelve el voto en Cortes y le otorga la condición realenga: "ESTA CIBDAD ES DE LAS DEL REI", hacen grabar a continuación los betanceiros en la puerta de la ciudad. Enrique IV antes de su muerte reconoce el protagonismo irmandiño de Betanzos y agradece a dicha ciudad, concediéndole una feria franca mensual, "el levantamiento y hermandad que fecistes con las otras ciudades, villas y lugares y fortalezas del mi Reino de Galicia de que fuistes causa y principio, por servicio mío, teniendo mi voz".
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Hermandad tenemos
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La llegada a Galicia de la hermandad que aprueba y ordena Enrique IV es como la chispa que incendia la yerba seca.
La hermandad que vino de Castilla es el gran aguijón que hace aflorar el sentimiento colectivo de agravio acumulado durante largos años por los vasallos, campesinos y ciudadanos, contra los señores gallegos que habían transformado las innumerables fortalezas en nidos de malhechores, y que habían extremado en el siglo XV, por la vía de la coerción y de la ocupación de los tradicionales señoríos eclesiásticios, los tributos y derechos señoriales hasta el punto de poder hablar, con todo rigor, de una segunda feudalización de Galicia.
La venida de la Santa Hermandad proveía a los populares de la razón legal, de la organización y de la unidad, que precisaban para liberarse del miedo colectivo ejerciendo masivamente, con posibilidades de éxito, el derecho de resistencia a la tiranía, convirtiendo en definitiva el sentimiento oculto de agravio en una gran fuerza social justiciera.
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El apoyo del rey a la formación de la Santa Irmandade del reino de Galicia fomenta la libre participación e iniciativa popular, precisamente por su carácter más simbólico que material. La fuerza de los corregidores castellanos enviados por el rey Enrique y su Corte, acompañados de gente a pie y a caballo según algunos testigos, consiste sobre todo en una presencia simbólica, representando al rey, en los actos constituyentes irmandiños. La nueva hermandad terminará por organizar vastos ejercitos populares muy superiores en número a la gente de armas que pudo haber mandado el rey de Castilla, conocedor a posteriori de los hechos revolucionarios de los irmandiños.
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La representación imaginaria del poder real que más eficazmente remueve al comienzo las mentalidades colectivas es la primera carta de Enrique IV estableciendo la hermandad justiciera gallega, cuyo contenido permanece en la memoria popular al ser pregonada "en todas las villas y lugares del Reino de Galizia". Rememora un viejo campesino irmandiño: "el dicho rey mandava sus provisiones al dicho Reino de Galiçia para que la gente común del dicho Reino se juntasen e fiziesen en hermandad y tomasen y derrocasen las fortalezas". Los más calificados dirigentes urbanos y rurales de la Santa Irmandade poseerán copias de los documentos reales autorizando la revuelta, especialmente de la segunda carta autorizando explícitamente los derrocamientos en curso.
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Los alcaldes irmandiños asumen su poder, simbolizado en las varas de justicia también llamadas varas de hermandad, como delegados del rey. Algunos testimonios ven en los corregidores los mediadores que trasmiten autoridad a la nueva institución para hacer justicia: "viniera un corregidor...el qual por mandado del dicho rey fiziera juntar la dicha gente común en la dicha hermandad e fiziera alcaldes en ella y les dio baras de justiçia para que castigasen los malfechores e para que derrocasen las fortalezas del dicho Reino". "Hermandad tenemos", declara un testigo presencial que oyó decir en 1467 a dos alcaldes irmandiños del Salnés que volvían de donde estaba un corregidor real que les había dado varas de justicia, el atributo del poder. Naturalmente, no quiere ésto decir que dicha relación se diesen directamente en todos los actos fundadores de las hermandades locales, que pronto se organizan y actuan por su cuenta. La presencia de representantes reales deja de ser objeto de mención especial conforme la gran hermandad se extiende, la iniciativa pasa a la gente común y la revuelta se radicaliza.
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La elección de los alcaldes, diputados y cuadrilleros de la Santa Irmandade tiene lugar en grandes asambleas, que se comienzan lógicamente con la lectura pública de "çierta provisión y mandado del rey", como la celebrada en el alto de Santa Susana de Santiago, donde se reunen para oir y decidir conjuntamente los vecinos de la ciudad y los campesinos de las tierras de Barcala, Altamira y Cordero. Al mismo tiempo que el común de las ciudades, entran en la escena los campesinos de los alrededores de las ciudades, movilizándose finalmente las parroquias rurales de todo el reino, la mayoría de los gallegos. A medida que el protagonismo se amplía por la base y se derrama por Galicia entera, el movimiento irmandiño se hace más espontáneo, menos político y más social, esto es, directamente antifortaleza y antiseñorial.
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Nada fue igual en Galicia tras el paso del huracán irmandiño. El historiador Benito Vicetto, descubridor de la importancia histórica del levantamiento gallego de
1467, lo caracteriza, en 1872, como "la epopeya más grande y admirable que registran en sus anales todos los antiguos reinos de la antigua Iberia", y desde luego no le falta razón, incluso contando con la exageración que encierra la frase, fruto del entusiasmo personal de nuestro romántico liberal. La realidad es que la revolución irmandiña es una de las revueltas sociales que mejor expresan en Europa la crisis del mundo medieval y el origen de la modernidad; seguramente, la primera revuelta popular en cuanto a posibilidad de disponer documentalmente del punto de vista de sus actores..
¿Por que estalla en la primavera de 1467 la insurrección gallega de la gente común? Los de abajo, dicen ellos mismos, "no podían resistir" los agravios y las violencias y los tributos de los señores de las fortalezas; los de arriba, con evidencia, no podían seguir gobernando de la misma manera que en el pasado.
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Hay que decir que la anarquía nobiliar es anterior al levantamiento general de los vasallos contra sus señores. Resulta incuestionable la incapacidad histórica de la nobleza gallega, a finales de la Edad Media, para gobernar el reino y ejercer su dominio social sin una violencia física desmesurada, respetando costumbres y leyes, esto es, conservando el respeto de sus vasallos, el apoyo de la Iglesia, y, sobre todo, la unidad de la clase señorial gallega y el amparo de la monarquía castellana. La revolución irmandiña es la consecuencia del fracaso irreversible de una clase dirigente.
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La prolongada y brutal ofensiva, desde 1369, de la nueva aristocracia trastamarista por hacerse con el poder social en Galicia encuentra pues, cumplidamente, la horma de su zapato con los irmandiños. La derrota moral, social y militar de 1467 supone sin ninguna duda el principio del fin de la nobleza feudal en Galicia, y, en definitiva, la entrada en la Edad Moderna, época de grandes luces pero también, hay que decirlo, de negras sombras para los gallegos.
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¿Por qué las tensiones sociales acumuladas, a lo largo del conflictivo siglo XV gallego, estallan precisamente en la primavera irmandiña de 1467? Desde 1465 se produce cierto vacio de poder en la Corona de Castilla y León, como consecuencia de la guerra civil entre Enrique IV y Alfonso XII, debilitadora del poder real en ambos bandos. Vacio que la formación de la Santa Irmandade llena de inmensas ilusiones en un pronto cambio de unas relaciones sociales marcadas por los abusos de los señores laicos. Los abusos señoriales se habían convertido en Galicia, a mediados del siglo XV, en usos y costumbres.
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El reino de Galicia siguió siendo fiel a Enrique IV, en concreto las ciudades y los obispos, no así los grandes señores -no todos- como el Conde de Benavente y Juan Pimentel, el Conde de Santa Marta y Juan de Zúñiga, el arzobispo de Santiago Alonso de Fonseca, el Conde de Lemos o Fernán Pérez de Andrade, que entre 1465 y 1467 militan de forma más o menos consecuente y activa en el bando del príncipe Alfonso. La Galicia popular, leal a Enrique IV, no tardará en pasar la factura antiseñorial, confundiendo sus intereses sociales con los intereses políticos, más coyunturales, del rey y su Corte de domeñar a la nobleza rebelde.
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La demanda
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Mientras la nobleza gallega se divorcia del rey legítimo, alineándose con la rebelde nobleza castellana, arrecian las peticiones de hermandades para Galicia por parte de los más importantes concejos urbanos a fin de salvaguardar la justicia, la paz y la seguridad del reino, frente a los señores y sus fortalezas. Santiago, Betanzos, Pontevedra, A Coruña, Ourense, Lugo y Ferrol, bien por grupos bien separadamemte, solicitan urgente y repetidamente al rey consentimiento para la formación en el reino de Galicia de la hermandad que ya venía funcionando en Castilla y León desde finales de 1464. Las ciudades no obtienen resultado alguno hasta 1467; pesaba indudablemente en Enrique IV el temor a que la institución de las milicias populares entrañase la decantación definitiva en favor de Don Alfonso de caballeros poderosos y oscilantes como el Conde de Lemos, el Conde de Santa Marta o Juan de Zúñiga, y aún que tal medida en favor de los vasallos molestase incluso a los señores gallegos que eran de su bando.
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Todo indica que la demanda gallega de la hermandad más efectiva parte de Betanzos y tiene como lider al notario Joan Branco, después diputado y capitán general irmandiño. Betanzos, conjuntamente con A Coruña, Pontedeume, Ferrol y As Mariñas, acaba logrando la carta de Enrique IV para la constitución de la Santa Irmandade del reino de Galicia, que después será pregonada en plazas y calles. Ya en mayo de 1465, nuestro Joan Branco aparece representando a Betanzos y a Galicia en las Cortes de Salamanca, junto con las restantes ciudades partidarias de Enrique IV, quien al mes siguiente hace ciudad a la villa de Betanzos, le devuelve el voto en Cortes y le otorga la condición realenga: "ESTA CIBDAD ES DE LAS DEL REI", hacen grabar a continuación los betanceiros en la puerta de la ciudad. Enrique IV antes de su muerte reconoce el protagonismo irmandiño de Betanzos y agradece a dicha ciudad, concediéndole una feria franca mensual, "el levantamiento y hermandad que fecistes con las otras ciudades, villas y lugares y fortalezas del mi Reino de Galicia de que fuistes causa y principio, por servicio mío, teniendo mi voz".
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Hermandad tenemos
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La llegada a Galicia de la hermandad que aprueba y ordena Enrique IV es como la chispa que incendia la yerba seca.
La hermandad que vino de Castilla es el gran aguijón que hace aflorar el sentimiento colectivo de agravio acumulado durante largos años por los vasallos, campesinos y ciudadanos, contra los señores gallegos que habían transformado las innumerables fortalezas en nidos de malhechores, y que habían extremado en el siglo XV, por la vía de la coerción y de la ocupación de los tradicionales señoríos eclesiásticios, los tributos y derechos señoriales hasta el punto de poder hablar, con todo rigor, de una segunda feudalización de Galicia.
La venida de la Santa Hermandad proveía a los populares de la razón legal, de la organización y de la unidad, que precisaban para liberarse del miedo colectivo ejerciendo masivamente, con posibilidades de éxito, el derecho de resistencia a la tiranía, convirtiendo en definitiva el sentimiento oculto de agravio en una gran fuerza social justiciera.
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El apoyo del rey a la formación de la Santa Irmandade del reino de Galicia fomenta la libre participación e iniciativa popular, precisamente por su carácter más simbólico que material. La fuerza de los corregidores castellanos enviados por el rey Enrique y su Corte, acompañados de gente a pie y a caballo según algunos testigos, consiste sobre todo en una presencia simbólica, representando al rey, en los actos constituyentes irmandiños. La nueva hermandad terminará por organizar vastos ejercitos populares muy superiores en número a la gente de armas que pudo haber mandado el rey de Castilla, conocedor a posteriori de los hechos revolucionarios de los irmandiños.
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La representación imaginaria del poder real que más eficazmente remueve al comienzo las mentalidades colectivas es la primera carta de Enrique IV estableciendo la hermandad justiciera gallega, cuyo contenido permanece en la memoria popular al ser pregonada "en todas las villas y lugares del Reino de Galizia". Rememora un viejo campesino irmandiño: "el dicho rey mandava sus provisiones al dicho Reino de Galiçia para que la gente común del dicho Reino se juntasen e fiziesen en hermandad y tomasen y derrocasen las fortalezas". Los más calificados dirigentes urbanos y rurales de la Santa Irmandade poseerán copias de los documentos reales autorizando la revuelta, especialmente de la segunda carta autorizando explícitamente los derrocamientos en curso.
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Los alcaldes irmandiños asumen su poder, simbolizado en las varas de justicia también llamadas varas de hermandad, como delegados del rey. Algunos testimonios ven en los corregidores los mediadores que trasmiten autoridad a la nueva institución para hacer justicia: "viniera un corregidor...el qual por mandado del dicho rey fiziera juntar la dicha gente común en la dicha hermandad e fiziera alcaldes en ella y les dio baras de justiçia para que castigasen los malfechores e para que derrocasen las fortalezas del dicho Reino". "Hermandad tenemos", declara un testigo presencial que oyó decir en 1467 a dos alcaldes irmandiños del Salnés que volvían de donde estaba un corregidor real que les había dado varas de justicia, el atributo del poder. Naturalmente, no quiere ésto decir que dicha relación se diesen directamente en todos los actos fundadores de las hermandades locales, que pronto se organizan y actuan por su cuenta. La presencia de representantes reales deja de ser objeto de mención especial conforme la gran hermandad se extiende, la iniciativa pasa a la gente común y la revuelta se radicaliza.
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La elección de los alcaldes, diputados y cuadrilleros de la Santa Irmandade tiene lugar en grandes asambleas, que se comienzan lógicamente con la lectura pública de "çierta provisión y mandado del rey", como la celebrada en el alto de Santa Susana de Santiago, donde se reunen para oir y decidir conjuntamente los vecinos de la ciudad y los campesinos de las tierras de Barcala, Altamira y Cordero. Al mismo tiempo que el común de las ciudades, entran en la escena los campesinos de los alrededores de las ciudades, movilizándose finalmente las parroquias rurales de todo el reino, la mayoría de los gallegos. A medida que el protagonismo se amplía por la base y se derrama por Galicia entera, el movimiento irmandiño se hace más espontáneo, menos político y más social, esto es, directamente antifortaleza y antiseñorial.



