Tuesday, December 05, 2006

LA FALSA MORAL


Los informes sombríos sobre el estado de la Tierra y sobre el futuro desalentador de la especie humana nos sugieren la urgencia de una nueva moralidad. Más y más nos damos cuenta de que esta situación dramática se vincula a la forma insensata y hasta inmoral con la que nos relacionamos con la naturaleza, depredándola sin remordimiento a través de un modo de producción que hace del lucro su única ley y religión.
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Solamente ahora, cuando la alarma ecológica ha llegado a las páginas de la economía, empiezan los gobiernos y las grandes instituciones internacionales a tomarla en serio. La crisis no viene: ya estamos dentro de ella, y alcanza a millones de personas.
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Al Gore, en su documental «Una verdad incómoda», nos proporciona los datos. O invertimos ya ahora en la disminución de los gases de efecto invernadero, o en los próximos años tendremos que aplicar más de mil millones de dólares anuales para estabilizar el calentamiento dos grados por encima del actual nivel. O nos vamos a encontrar catástrofes nunca vistas.
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Bien analizadas, estas medidas son apenas paliativas. Parten de un presupuesto equivocado: piesan que limando los dientes del lobo disminuimos su ferocidad... O sea, podríamos continuar con el mismo modelo de producción y consumo, disminuyendo simplemente la dosis. Ese modelo nos condenará a todos, porque se basa en una metafísica falsa, la de que podemos disponer de los recursos como nos venga en gana, y que nuestra relación con la naturleza es sólo de orden utilitario. Pensamos que estamos por encima de la naturaleza, y contra la naturaleza. Ella se vengará, tal vez expulsándonos definitivamente de su seno, como se expulsa a una célula cancerígena.
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Por eso, de poco valen las soluciones técnico-científicas fundadas en aquella metafísica. Necesitamos una ecuación moral que cambie los fines y no sólo los medios de nuestra civilización. He aquí algunos puntos para la nueva moralidad.
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En primer lugar, debemos tomar en serio el principio de precaución y de cuidado. O cuidamos de lo que queda de la naturaleza y regeneramos lo que hemos devastado, o nuestro tipo de sociedad tiene los días contados. Además, filosóficamente, el cuidado es la precondición para que surja cualquier ser, y el criterio anterior a toda acción.
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En segundo lugar, importa dar centralidad al afecto, a la compasión, al corazón y a la piedad, como principios morales. Eso nos enseñan el cristianismo primitivo en Oriente y Schopenhauer en Occidente. Ambos afirman: «no hagas mal a ningún ser, más bien esfuérzate por ayudar a todos lo más que puedas».
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En tercer lugar, urge rescatar el respeto y la veneración ante cada ser, porque representa un valor por sí mismo. Como lo formuló Albert Schweitzer: «ética es la ilimitada veneración ante la vida y el respeto ante cada ser».
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En cuarto lugar, se hace necesario asumir la responsabilidad del futuro del planeta y de la vida. Somos los guardianes del ser. Hans Jonas espresó así el principio de responsabilidad: «actúa de tal manera que tus actos no sean destructivos para la vida».
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En quinto lugar, en vez de la competición hay que reforzar el principio de cooperación, porque es la ley suprema del universo: todos los seres son interdependientes y se ayudan unos a otros para evolucionar, sin excluir a los más débiles.
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Si viviéramos esa nueva-vieja moralidad, cambiaremos los comportamienos de los estados y de las personas para con la naturaleza, y así nos salvaremos. Vale la frase de 1968 en los muros de París: «seamos realistas, exijamos lo imposible».