Thursday, December 08, 2011

Shebli y el panadero‏.-

Era una vez un panadero que había oído bellos relatos acerca de la caballerosidad y de la nobleza espiritual del gran sufí de Jorāsān (noreste de Irán), Shebli. Aunque él, personalmente, nunca había visto a Shebli, sentía, sin embargo, una gran veneración hacía el maestro, y rogaba continuamente a Dios que le permitiera ver a este noble hombre. Este deseo había ocupado hasta tal punto el corazón del panadero que la historia de su afecto y de su amor hacía el anciano maestro se había vuelto famosa entre la gente del bazar.

Ocurrió que un día, Shebli, en el transcurso de un largo viaje, entró en el pueblo donde vivía el panadero, y atravesando el bazar, pasó por delante de la tienda del panadero. En este momento, por la gracia de Dios, se reflejó en el espejo del corazón de Shebli el deseo del panadero. El maestro se detuvo ante la panadería, y después de varios momentos de demora, cogió un trozo de pan y, sin pagar, quiso marcharse.

El panadero se dio cuenta, y agarrando bruscamente la muñeca del anciano, sacó el trozo del pan de entre sus manos. Shebli le rogó: “Buen hombre, tengo hambre y no tengo dinero, ¡por amor de Dios, déjame comer este trozo de pan!” El panadero con furia le gritó: “¡Lárgate, aquí no damos pan gratis a nadie!”. Shebli no dijo nada y se marchó.

Uno de los presentes en el bazar que conocía al maestro y que había presenciado lo ocurrido se acercó al panadero y le dijo: “Este hombre era Shebli cuyo encuentro tanto deseabas, ¿por qué no le dejaste el trozo de pan?”. El panadero, roto de vergüenza, fue en busca del maestro, hasta encontrarle a las afueras del pueblo. Con lágrimas en los ojos, se echó a los pies del anciano, y le rogó que le perdonará. Shebli le ayudó a levantarse, y con amabilidad le dijo que no se preocupara, y que volviera a su tienda. Sin embargo, el hombre insistió una y otra vez: “Maestro, permítame compensar mi falta de cortesía. Haré todo lo que usted me mande”. Shebli miró durante varios momento al hombre, y finalmente le dijo: “Vete y prepara una gran comida para mañana, e invita a todo tu pueblo, yo también estaré ahí”. El panadero, con humildad, replicó: “Haré lo que usted me encomienda”, y feliz volvió al pueblo para preparar todo lo necesario para el gran festín.

El hombre se puso enseguida manos a la obra, adornó con todo tipo de adornos y flores su gran casa, gastó más de trescientas monedas de oro en preparar todo tipo de manjares para satisfacer al maestro, e hizo correr la voz por todo el pueblo que todo aquel que lo deseara estaba invitado al banquete que daría al día siguiente en honor de Shebli, y les informó que el venerable maestro también estará presente.

Al día siguiente, la casa del panadero estaba abarrotada de gente. Durante la comida, un pobre hombre que estaba sentado al lado del maestro, le preguntó: “Maestro, yo no quiero saber nada de lo que es bueno, o de lo que es malo. Sólo quiero saber qué tipo de gente es del infierno, y cuál del paraíso”.

Shebli le miró y le contestó: “Si quieres ver a uno de los del infierno, mira a nuestro anfitrión. Él, por el amor de Dios, no perdonó ni un trozo de pan, y sin embargo, por amor a mí, gastó cientos de monedas de oro. Este hombre ha gastado todo este dinero para agradar a Shebli, pero, hasta el final de su vida, no agradará a Dios, dando un trozo de pan a un pobre necesitado… ¡Sin duda, si este hombre diera, con alegría y generosidad, un trozo de pan a los necesitados, sería gente del paraíso!”