Tanto mi generación (años setenta) como la que nos sucede hemos sido educados y son educados en una especie de compasión por todo lo relacionado con el sufrimiento del pueblo judío, a través de su diáspora primero y luego, y muy especialmente, con el trágico e infame suceso del holocausto que sufrieron durante el genocidio protagonizado concienzudamente por los estados guerreros europeos.
Lo cierto es que la guerra es un rasgo congénito de lo que se denomina Occidente, y si echáramos a un lado la propaganda diaria, los hechos esclarecerían el por qué de esta aseveración. Se trata, en definitiva, de una sociedad (las Occidentales) que basan su existencia en la tragedia, el drama para más tarde arrepentirse con profundidad.
Son sociedades donde el factor de sinceridad expresiva está muy desarrollado, tanto en el asesinato como en la salvación, siendo su marca y seña de identidad, intuyo por qué, pero me quedo aquí, por no escandalizar. Y no solo se trata de intuición, por supuesto, es que yo mismo, como Cristiano sincero que fui, participé de este sentimiento común de pecado-redención, igual que muchos, supongo, y común con grandes matices, a todos los monoteísmos. Aunque hay hechos ciertamente preocupantes y uno de ellos es la enorme tensión acumulada en la cotidianidad de las sociedades Cristiano laicas.
Despúes de esta reflexión retomo el tema, enlazando con la sacralización del judio errante, como aquel que nos inspira compasión, admiración por su inteligencia común o colectiva y asombro por su periplo existencial y creatividad.
Desde muy pequeños nos han bombardeado con imágenes, casi hasta la extenuación, de los campos de concentración Europeos donde la raza humana cayó a su lugar más bajo e infame que se recuerda. Siempre eran judios los que nos ofrecían las imágenes televisivas, casi ningún Ruso de los 20 millones que murieron en la contienda (sí, han oído bien, 20 millones) o otros muchos millones de otras nacionalidades, Polacos o Franceses.
Siempre eran las imágenes de los desdichados judíos los que acudían a la pantalla de TV con insistencia.
Como bastante gente sabe los judíos poseen multitud orígenes, no solo semitas, son arios de origen latino también, eslavos y aún otros muchos mezclados con indoeuropeos, etc.Baste estos datos para, efectivamente, entender que sería un disparate conocer a unos u otros como gentes de origen semita ni tampoco judíos, pues el origen no puede ser un rasgo característico y definitorio del individuo, un ser destinado al fin y al cabo a la mezcla y a la muda en cierta medida.
Choca pues el intento de caracterización, sobre todo de la prensa y afines, de ciertos personajes relevantes como de origen judío. Jamás escuchado decir, por Ej., José López periodista español de origen musulmán, por decir algo. Es por tanto y resulta tan obvio este disparate que debemos de buscar una razón más poderosa en la sacralización por parte de poder periodístico del judío creativo y mártir de la segunda guerra mundial.
Quizás entendemos que el martirio de la modernidad se dio en los campos de concentración y que el ideal del judío hábil y hacendoso se ha personificado en aquéllos que sintiéndose superiores creativamente (en todos los aspectos, desde políticos hasta económicos) se han sentido, a su vez, perseguidos por esta cualidad y virtud, como un Abel sometido al martirio por Caín.
La mitología y la estabilidad europea se basa en el sentimiento de culpabilidad por lo sucedido. Es el elemento de contención de una nueva barbaríe, protagonizada por el poder de la milicia, tan fundamental en las sociedades europeas y americanas. Ese elemento, ese sentimiento, el de la culpabilidad hace que la raza política haya actuado como un padre que después de pegar a su hijo se siente culpable e intenta resarcirlo con un regalo.
Este regalo dura hasta que el olvido se apodera de las mentes.
Si observamos esta cuestión, ciertamente preocupante, debemos de entender que la sociedad de la culpabilidad, que en el fondo es profundamente patriarcalista y de cuño muy Occidental, no soluciona problemas sino que los crea para, una y otra vez, volver a empezar.
Es la desmedida, la falta de convicción y estabilidad, lo que caracteriza a las sociedades cristiano laicas y si bien no hemos de juzgar a nadie y menos a un conglomerado social, digamos al menos que por sus hechos los conoceremos.
Hoy, la sublimación judia, como elemento de contención de una barbarie no deja de representar una contradicción:
hemos de resarcirnos otorgando una parte de nuestro mundo (Palestina) para su disfrute (sociedades cristiano-laicas).Y eso es un enorme error.
Debemos de cambiar el paradigma social hacia la estabilidad, hacia las relaciones naturales con la divinidad y entre las personas y olvidarnos de cualquier transgresión guerrera o artística porque ya hemos tocado techo. El islam en este caso es positivo, estabiliza emocionalmente, otorga al ser capacidad y naturalidad en las relaciones con Dios y pudiera ser un modelo de sociedad estable y moderado. Y conste que no hablo de sociedades islámicas sino de islam, sobre papel y sobre nuestro libro sagrado. Ese extremo de naturalidad es lo que hace falta en sociedades extrañadas, distorsionadas y en guerra de conciencia, donde los individuos se enfrenta a la necesidad e imposible responsabilidad de ser pequeños dioses en relación con el Dios supremo que como cristos mitológicos reivindicamos nuestro propio martirio para el perdón de nuestros errores.
Y esto no afecta a los cristianos sino a cuales quieran que sean los productos de la cotidianidad, fruto de ese sobreesfuerzo e individualismo a ultranza en competencia con nuestros hijos, nuestros vecinos y nuestros padres.
El judío errante, creativo, aquel que se le ha otorgado el poder de transmutación fundacional e intermediario de los monoteísmos posee un áurea que no merece en especial, desacralizar su figura no es asesinarlo, aunque tampoco venerarlo. Entendamos pues que un judío, nunca jamás, puede constituir raza alguna. Ayudémoslos a despojarse de semejante carga.
Anouar Astilleros.-
Lo cierto es que la guerra es un rasgo congénito de lo que se denomina Occidente, y si echáramos a un lado la propaganda diaria, los hechos esclarecerían el por qué de esta aseveración. Se trata, en definitiva, de una sociedad (las Occidentales) que basan su existencia en la tragedia, el drama para más tarde arrepentirse con profundidad.
Son sociedades donde el factor de sinceridad expresiva está muy desarrollado, tanto en el asesinato como en la salvación, siendo su marca y seña de identidad, intuyo por qué, pero me quedo aquí, por no escandalizar. Y no solo se trata de intuición, por supuesto, es que yo mismo, como Cristiano sincero que fui, participé de este sentimiento común de pecado-redención, igual que muchos, supongo, y común con grandes matices, a todos los monoteísmos. Aunque hay hechos ciertamente preocupantes y uno de ellos es la enorme tensión acumulada en la cotidianidad de las sociedades Cristiano laicas.
Despúes de esta reflexión retomo el tema, enlazando con la sacralización del judio errante, como aquel que nos inspira compasión, admiración por su inteligencia común o colectiva y asombro por su periplo existencial y creatividad.
Desde muy pequeños nos han bombardeado con imágenes, casi hasta la extenuación, de los campos de concentración Europeos donde la raza humana cayó a su lugar más bajo e infame que se recuerda. Siempre eran judios los que nos ofrecían las imágenes televisivas, casi ningún Ruso de los 20 millones que murieron en la contienda (sí, han oído bien, 20 millones) o otros muchos millones de otras nacionalidades, Polacos o Franceses.
Siempre eran las imágenes de los desdichados judíos los que acudían a la pantalla de TV con insistencia.
Como bastante gente sabe los judíos poseen multitud orígenes, no solo semitas, son arios de origen latino también, eslavos y aún otros muchos mezclados con indoeuropeos, etc.Baste estos datos para, efectivamente, entender que sería un disparate conocer a unos u otros como gentes de origen semita ni tampoco judíos, pues el origen no puede ser un rasgo característico y definitorio del individuo, un ser destinado al fin y al cabo a la mezcla y a la muda en cierta medida.
Choca pues el intento de caracterización, sobre todo de la prensa y afines, de ciertos personajes relevantes como de origen judío. Jamás escuchado decir, por Ej., José López periodista español de origen musulmán, por decir algo. Es por tanto y resulta tan obvio este disparate que debemos de buscar una razón más poderosa en la sacralización por parte de poder periodístico del judío creativo y mártir de la segunda guerra mundial.
Quizás entendemos que el martirio de la modernidad se dio en los campos de concentración y que el ideal del judío hábil y hacendoso se ha personificado en aquéllos que sintiéndose superiores creativamente (en todos los aspectos, desde políticos hasta económicos) se han sentido, a su vez, perseguidos por esta cualidad y virtud, como un Abel sometido al martirio por Caín.
La mitología y la estabilidad europea se basa en el sentimiento de culpabilidad por lo sucedido. Es el elemento de contención de una nueva barbaríe, protagonizada por el poder de la milicia, tan fundamental en las sociedades europeas y americanas. Ese elemento, ese sentimiento, el de la culpabilidad hace que la raza política haya actuado como un padre que después de pegar a su hijo se siente culpable e intenta resarcirlo con un regalo.
Este regalo dura hasta que el olvido se apodera de las mentes.
Si observamos esta cuestión, ciertamente preocupante, debemos de entender que la sociedad de la culpabilidad, que en el fondo es profundamente patriarcalista y de cuño muy Occidental, no soluciona problemas sino que los crea para, una y otra vez, volver a empezar.
Es la desmedida, la falta de convicción y estabilidad, lo que caracteriza a las sociedades cristiano laicas y si bien no hemos de juzgar a nadie y menos a un conglomerado social, digamos al menos que por sus hechos los conoceremos.
Hoy, la sublimación judia, como elemento de contención de una barbarie no deja de representar una contradicción:
hemos de resarcirnos otorgando una parte de nuestro mundo (Palestina) para su disfrute (sociedades cristiano-laicas).Y eso es un enorme error.
Debemos de cambiar el paradigma social hacia la estabilidad, hacia las relaciones naturales con la divinidad y entre las personas y olvidarnos de cualquier transgresión guerrera o artística porque ya hemos tocado techo. El islam en este caso es positivo, estabiliza emocionalmente, otorga al ser capacidad y naturalidad en las relaciones con Dios y pudiera ser un modelo de sociedad estable y moderado. Y conste que no hablo de sociedades islámicas sino de islam, sobre papel y sobre nuestro libro sagrado. Ese extremo de naturalidad es lo que hace falta en sociedades extrañadas, distorsionadas y en guerra de conciencia, donde los individuos se enfrenta a la necesidad e imposible responsabilidad de ser pequeños dioses en relación con el Dios supremo que como cristos mitológicos reivindicamos nuestro propio martirio para el perdón de nuestros errores.
Y esto no afecta a los cristianos sino a cuales quieran que sean los productos de la cotidianidad, fruto de ese sobreesfuerzo e individualismo a ultranza en competencia con nuestros hijos, nuestros vecinos y nuestros padres.
El judío errante, creativo, aquel que se le ha otorgado el poder de transmutación fundacional e intermediario de los monoteísmos posee un áurea que no merece en especial, desacralizar su figura no es asesinarlo, aunque tampoco venerarlo. Entendamos pues que un judío, nunca jamás, puede constituir raza alguna. Ayudémoslos a despojarse de semejante carga.
Anouar Astilleros.-



