¿Cómo y de qué manera explicarlo?
La dificultad se expresa o se manifiesta cuando descubrimos qué, es en lo cotidiano donde se encuentra aquello que nos produce horror, miedo, angustia, preocupación, locura…
Nelson Mandela, y tanto otros, ahora héroes, otrora delincuentes han sufrido verse privados de libertad, y ser tratados como ganado, eso no es parte del pasado, hoy en día sucede, es real, y no hablo de otras experiencias, hablo de la mía.
La cotidianidad se vuelve así, la llave para comprender el grado de enajenación y cosificación de los hombres.
En este pensamiento voy a tratar de expresar una realidad que para muchos es inexistente o cuando es conocida resulta poco creíble o inverosímil. La realidad a la que me refiero es la de las cárceles españolas; la geometría enajenada por excelencia, el hombre animal, el hombre cosa, el hombre nada…
La cárcel desde su origen también ha servido para quienes detentan el poder como una cárcel política. Su propia existencia representa una amenaza para quienes son considerados como adversarios políticos, religiosos o filosóficos, y no sólo para los que delinquen por otros motivos.
Es muy común escuchar decir que la cárcel es el reflejo de la sociedad, lo cual en parte es cierto, pero más que un reflejo es la medida que nos deja ver el grado de humanidad e inhumanidad a la que a llegado dicha sociedad. De la cárcel no se puede hablar, es tabú, es ¡¡¡ cárcel !!!..
La cárcel es producto y forma parte de una realidad social basada en la desigualdad económica y política. Una realidad opresiva, violenta. La cárcel se constituye o es constituida como violencia en sí misma y como tal constituye también un espacio violento que da lugar a relaciones violentas y a una existencia violenta. Un lugar donde la cotidianidad se manifiesta, se da con base en la violencia, a su vez que la violencia se expresa con toda su crudeza en lo cotidiano. En esos días apáticos, rutinarios e inimaginativos.
En la cárcel, la cotidianidad se vuelve el obstáculo, el enemigo a vencer del sujeto activo, pensante, para el sujeto que es obligado a vivir bajo una cotidianidad que le es ajena, extraña, que lo destruye sistemáticamente, que lo denigra a un sujeto acrítico, robotizado, manipulable.
La cárcel es un espacio físico, un tipo específico de arquitectura, construido por muros y rejas, separado de la sociedad. Pero como toda construcción arquitectónica tiene una función, una finalidad, la cárcel está hecha para cosificar y enajenar en su máxima expresión a los hombres (convertirlos en números) y para poder cumplir con tal función, su propia estructura tiene que ser enajenante. La cárcel no está construida para ser apreciada estéticamente aunque pueda hacerse, está construida para destruir físicamente y mentalmente a los hombres. El espacio enajenado qué es la cárcel no sólo limita la libertad física, del ir y venir, del hacer y deshacer, también limita la libertad de pensamiento, la libertad de soñar, de imaginar, de crear y de construir, de comunicar, incluso la libertad de desarrollar los sentidos.
El espacio es sumamente enajenante, las relaciones son enajenadas, la locura humana llevada a cabo por muchos funcionarios de prisiones, que representan al estado en su máxima expresión: el yo mando, tu obedeces, el yo sé, tú no sabes, el yo soy grande, tu eres chico, el yo soy persona, tu eres una cosa o en el mejor de los casos u animal parlante (como los esclavos de la antigüedad). El preso vive subsumido dentro de una cotidianidad de la cual es parte y a su vez alimento.
Una cotidianidad dada, impuesta, que se retroalimenta a sí misma. El preso puede inconformarse, incluso rebelarse contra esa cotidianidad violenta, pero no llega a superarla. No, mientras permanezca preso.
La cotidianidad es rutina que se repite una y otra vez, es un horario inflexible; un cuándo, cuánto, dónde y con quién o quiénes comer, dormir, bañarse, leer, caminar, pensar, vivir. La principal violencia en esta cárcel no son los golpes (que los hay) o la tortura física (que también la hay, no crean), la principal violencia es psicológica. Alguna que otra vez, en los patios de menores, los presos llevados allí, acompañados por algún que otro funcionario, sonando los golpes de las bofetadas en el cielo de Murcia.
Golpes en el módulo de enfermería, cuando un preso impotente venía lacrimoso, llorando diciendo; ¡¡¡ me han pegado !!!, y no podía defenderse, si lo hubiera hecho, habría atacado a una autoridad. Peros señores míos que autoridad en esta España, que hace apología con los presos cubanos, y se olvida de los que residen en las cárceles de su País.
He visto peleas en el patio, y guardianes en su garita, y tumulto, y música de Rocky puesta por ellos; para que explotaran, y la agresión. Muchas peleas he logrado parar, entre payos y gitanos, entre bandas, en el patio…
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La dificultad se expresa o se manifiesta cuando descubrimos qué, es en lo cotidiano donde se encuentra aquello que nos produce horror, miedo, angustia, preocupación, locura…
Nelson Mandela, y tanto otros, ahora héroes, otrora delincuentes han sufrido verse privados de libertad, y ser tratados como ganado, eso no es parte del pasado, hoy en día sucede, es real, y no hablo de otras experiencias, hablo de la mía.
La cotidianidad se vuelve así, la llave para comprender el grado de enajenación y cosificación de los hombres.
En este pensamiento voy a tratar de expresar una realidad que para muchos es inexistente o cuando es conocida resulta poco creíble o inverosímil. La realidad a la que me refiero es la de las cárceles españolas; la geometría enajenada por excelencia, el hombre animal, el hombre cosa, el hombre nada…
La cárcel desde su origen también ha servido para quienes detentan el poder como una cárcel política. Su propia existencia representa una amenaza para quienes son considerados como adversarios políticos, religiosos o filosóficos, y no sólo para los que delinquen por otros motivos.
Es muy común escuchar decir que la cárcel es el reflejo de la sociedad, lo cual en parte es cierto, pero más que un reflejo es la medida que nos deja ver el grado de humanidad e inhumanidad a la que a llegado dicha sociedad. De la cárcel no se puede hablar, es tabú, es ¡¡¡ cárcel !!!..
La cárcel es producto y forma parte de una realidad social basada en la desigualdad económica y política. Una realidad opresiva, violenta. La cárcel se constituye o es constituida como violencia en sí misma y como tal constituye también un espacio violento que da lugar a relaciones violentas y a una existencia violenta. Un lugar donde la cotidianidad se manifiesta, se da con base en la violencia, a su vez que la violencia se expresa con toda su crudeza en lo cotidiano. En esos días apáticos, rutinarios e inimaginativos.
En la cárcel, la cotidianidad se vuelve el obstáculo, el enemigo a vencer del sujeto activo, pensante, para el sujeto que es obligado a vivir bajo una cotidianidad que le es ajena, extraña, que lo destruye sistemáticamente, que lo denigra a un sujeto acrítico, robotizado, manipulable.
La cárcel es un espacio físico, un tipo específico de arquitectura, construido por muros y rejas, separado de la sociedad. Pero como toda construcción arquitectónica tiene una función, una finalidad, la cárcel está hecha para cosificar y enajenar en su máxima expresión a los hombres (convertirlos en números) y para poder cumplir con tal función, su propia estructura tiene que ser enajenante. La cárcel no está construida para ser apreciada estéticamente aunque pueda hacerse, está construida para destruir físicamente y mentalmente a los hombres. El espacio enajenado qué es la cárcel no sólo limita la libertad física, del ir y venir, del hacer y deshacer, también limita la libertad de pensamiento, la libertad de soñar, de imaginar, de crear y de construir, de comunicar, incluso la libertad de desarrollar los sentidos.
El espacio es sumamente enajenante, las relaciones son enajenadas, la locura humana llevada a cabo por muchos funcionarios de prisiones, que representan al estado en su máxima expresión: el yo mando, tu obedeces, el yo sé, tú no sabes, el yo soy grande, tu eres chico, el yo soy persona, tu eres una cosa o en el mejor de los casos u animal parlante (como los esclavos de la antigüedad). El preso vive subsumido dentro de una cotidianidad de la cual es parte y a su vez alimento.
Una cotidianidad dada, impuesta, que se retroalimenta a sí misma. El preso puede inconformarse, incluso rebelarse contra esa cotidianidad violenta, pero no llega a superarla. No, mientras permanezca preso.
La cotidianidad es rutina que se repite una y otra vez, es un horario inflexible; un cuándo, cuánto, dónde y con quién o quiénes comer, dormir, bañarse, leer, caminar, pensar, vivir. La principal violencia en esta cárcel no son los golpes (que los hay) o la tortura física (que también la hay, no crean), la principal violencia es psicológica. Alguna que otra vez, en los patios de menores, los presos llevados allí, acompañados por algún que otro funcionario, sonando los golpes de las bofetadas en el cielo de Murcia.
Golpes en el módulo de enfermería, cuando un preso impotente venía lacrimoso, llorando diciendo; ¡¡¡ me han pegado !!!, y no podía defenderse, si lo hubiera hecho, habría atacado a una autoridad. Peros señores míos que autoridad en esta España, que hace apología con los presos cubanos, y se olvida de los que residen en las cárceles de su País.
He visto peleas en el patio, y guardianes en su garita, y tumulto, y música de Rocky puesta por ellos; para que explotaran, y la agresión. Muchas peleas he logrado parar, entre payos y gitanos, entre bandas, en el patio…
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Utilizando el diálogo… y la comprensión.
Violencia cotidiana, de día y de noche, siempre presente, siempre sentible. La cotidianidad de la violencia en un espacio físico construido precisamente con ese fin produce relaciones violentas casi de manera automática.
La readaptación es un mito, la cárcel no está construida para ello, tampoco es su finalidad, a cárcel es para castigar y el peor castigo es tratar a los hombres como cosas, como objetos, peor a veces, que animales… cuantos presos quisieran ser un perro, para sentir algo de cariño y amor por parte de un dueño.
Como entes sin voluntad propia, sin capacidad de ser ellos mismos. El preso es sacado de una cotidianidad de violencia social para ser introducido a otra cotidianidad violenta, socialmente muy reducida y por tanto más asfixiante y opresiva.
La cárcel animaliza a los hombres, degrada sus sentidos a nivel simiesco; la vista, el oído, el tacto , el gusto, el olfato se ven reducidos a una variedad infinitamente inferior de la que alguna vez experimentaron, la inactividad de los sentidos instala al hombre en la penuria más extrema y “por lo mismo a su vez afirma, la voraz y hambrienta posesión” (Revueltas, 10). Una revista, un periódico, la televisión de 6 pulgadas,, las mercancías de la tienda son guardados y cuidados con celo. Mantener vivos los sentidos es un privilegio, un lujo que cuesta y qué se defiende con violencia.
La violencia es alimentada por el espacio enajenado, por la cotidianidad opresiva y por las relaciones autodestructivas, deshumanizadoras de quienes están dentro. El fin último de la cárcel es quitar o anular en el sujeto la capacidad de pensar y actuar por sí mismo de una manera consciente y voluntaria. La capacidad y posibilidad de ser. El hombre que se niega a sí mismo y que no se reconoce como tal, como igual a los demás hombres. El anti-hombre, la antítesis de lo humano.
La ruptura de la cotidianidad violenta, enajenada, es para el preso imposible, la mayoría tarde o temprano se adapta, se conforma, se vuelve parte y soporte de esa misma cotidianidad. Nadie se salva, los que resisten sólo logran aminorar y retrasar su cosificación. Pero en ese resistir, en esa lucha diaria, cotidiana (como cotidianidad que se afirma negando otra cotidianidad) está el secreto para una vez en libertad, recuperar la humanidad, …nuestra humanidad.
La cárcel es una realidad espantosamente cierta, objetiva, real, pero desgraciadamente poco creíble y poco cuestionada.
Es más fácil y más cómodo negarse a ver o a saber de una realidad que nos cuestiona como seres humanos. Pero, aunque cerremos los ojos, no por ello deja de existir. La cárcel como ese espacio opresivo, violento, enajenante, se mantiene como un monumento viviente del grado de descomposición a la qué como humanidad hemos llegado.
Y no me lo cuentan, lo he vivido…
El Príncipe de Septimio-Bathzabbay El Tadmur.-
GRAN MAESTRE ORDEN BONARIA
NUMERO DE PRESO 2009038559.
“Crónica de una persecución”, libro que está escribiendo el Gran Maestre de la Orden Bonaria, que examina, todo lo vivido durante los últimos años por parte de la Orden; persecución, injurias, así como por el Príncipe de Septimio-Bathzabbay el Tadmur y su Familia, junto con “Grito al Silencio: Filosofía de un Caballero Bonario”, escrito mientras estuvo privado de libertad, explica sus temores, pensamientos y filosofías desde la propia introspección de un caballero del S XXI, y el regreso a las tradiciones más profundas.
Violencia cotidiana, de día y de noche, siempre presente, siempre sentible. La cotidianidad de la violencia en un espacio físico construido precisamente con ese fin produce relaciones violentas casi de manera automática.
La readaptación es un mito, la cárcel no está construida para ello, tampoco es su finalidad, a cárcel es para castigar y el peor castigo es tratar a los hombres como cosas, como objetos, peor a veces, que animales… cuantos presos quisieran ser un perro, para sentir algo de cariño y amor por parte de un dueño.
Como entes sin voluntad propia, sin capacidad de ser ellos mismos. El preso es sacado de una cotidianidad de violencia social para ser introducido a otra cotidianidad violenta, socialmente muy reducida y por tanto más asfixiante y opresiva.
La cárcel animaliza a los hombres, degrada sus sentidos a nivel simiesco; la vista, el oído, el tacto , el gusto, el olfato se ven reducidos a una variedad infinitamente inferior de la que alguna vez experimentaron, la inactividad de los sentidos instala al hombre en la penuria más extrema y “por lo mismo a su vez afirma, la voraz y hambrienta posesión” (Revueltas, 10). Una revista, un periódico, la televisión de 6 pulgadas,, las mercancías de la tienda son guardados y cuidados con celo. Mantener vivos los sentidos es un privilegio, un lujo que cuesta y qué se defiende con violencia.
La violencia es alimentada por el espacio enajenado, por la cotidianidad opresiva y por las relaciones autodestructivas, deshumanizadoras de quienes están dentro. El fin último de la cárcel es quitar o anular en el sujeto la capacidad de pensar y actuar por sí mismo de una manera consciente y voluntaria. La capacidad y posibilidad de ser. El hombre que se niega a sí mismo y que no se reconoce como tal, como igual a los demás hombres. El anti-hombre, la antítesis de lo humano.
La ruptura de la cotidianidad violenta, enajenada, es para el preso imposible, la mayoría tarde o temprano se adapta, se conforma, se vuelve parte y soporte de esa misma cotidianidad. Nadie se salva, los que resisten sólo logran aminorar y retrasar su cosificación. Pero en ese resistir, en esa lucha diaria, cotidiana (como cotidianidad que se afirma negando otra cotidianidad) está el secreto para una vez en libertad, recuperar la humanidad, …nuestra humanidad.
La cárcel es una realidad espantosamente cierta, objetiva, real, pero desgraciadamente poco creíble y poco cuestionada.
Es más fácil y más cómodo negarse a ver o a saber de una realidad que nos cuestiona como seres humanos. Pero, aunque cerremos los ojos, no por ello deja de existir. La cárcel como ese espacio opresivo, violento, enajenante, se mantiene como un monumento viviente del grado de descomposición a la qué como humanidad hemos llegado.
Y no me lo cuentan, lo he vivido…
El Príncipe de Septimio-Bathzabbay El Tadmur.-
GRAN MAESTRE ORDEN BONARIA
NUMERO DE PRESO 2009038559.
“Crónica de una persecución”, libro que está escribiendo el Gran Maestre de la Orden Bonaria, que examina, todo lo vivido durante los últimos años por parte de la Orden; persecución, injurias, así como por el Príncipe de Septimio-Bathzabbay el Tadmur y su Familia, junto con “Grito al Silencio: Filosofía de un Caballero Bonario”, escrito mientras estuvo privado de libertad, explica sus temores, pensamientos y filosofías desde la propia introspección de un caballero del S XXI, y el regreso a las tradiciones más profundas.



