En el Imperio Bizantino, donde todos los poderes se concentran en el soberano, la vida de la corte tiene fundamentalmente un sentido político. El emperador es el representante de Dios en la Tierra y la vida de la corte, un complejo misterio organizado alrededor del soberano, que está muy bien documentado en numerosos libros de la época. El más conocido es el Libro de las Caremonias, compilado por orden de Constantino VII Porfirogéneta. Durante veinticuatro años (920-944), éste debió dejar el poder a su padre político, Romano I Lecapeno. Emperador sin poder gobernar y muy propenso al estudio y a la cultura, Constantino puso orden en varias obras, entre ellas, el Libro de las Ceremonias. Maestro en la materia, explica la lógica de las ceremonias en estos términos: “El poderío imperial, ejercido con ritmo y orden, es la imagen de la armonía y del movimiento que el demiurgo le ha dado al Universo”.
Los aristócratas que rodean al emperador son los principales agentes y los primeros beneficiarios de este modo de vida. Por tanto, son los primeros interesados por que se respete la taxis (orden o clase en el que se deben disponer unos y otros). Así pues, hasta la época de la dinastía de los Paleólogos, redactan taktika (tratados de prelación) que exponen no sólo el orden de los cargos y de las dignidades, sino también las principales ceremonias áulicas, empezando por los banquetes que se llevan a cabo en el Gran Palacio durante las festividades más importantes. Más allá de mostrar la fastuosidad del Imperio, que tan bien simbolizan el oro y la púrpura, se trata de expresar una ideología política. En el comedor dorado del Gran Palacio, el chrysotriklinos, el emperador preside una mesa especial, situada en una posición dominante, en la que se sientan otros doce comensales al igual que en la Última Cena de Cristo. Si al final del Imperio se debió remplazar la vajilla de oro por otra apenas dorada, y más tarde por enseres que sólo eran de plata, el ceremonial seguía siendo el mismo.
En este misterio cuentan mucho las vestimentas. Según Constantino VII, fue un ángel quien le trajo el atuendo imperial. El emperador es el único que puede usar vestidos púrpura y blancos, incluidas las pantuflas que también eran púrpura. Los demás dignatarios tienen igualmente sus propios trajes, que forman parte de su paga. La majestad imperial obliga al silencio. Las asambleas oficiales en las que el emperador da a conocer sus decisiones se denominan silentia; el emperador jamás habla directamente, sino a través de gestos y de algún dignatario. En torno a él se despliega todo un ceremonial de adoración con connotación religiosa: en el rito se emplean cirios e incienso. Ante el soberano, súbditos y visitantes se prosternan (proskynesis) inclinándose profundamente hasta el suelo, después de lo cual en algunas ocasiones tienen derecho a besarle los pies y las rodillas.
Un cuerpo especial formado por los eunucos de la corte, herencia de la Antigüedad, es el encargado de hacer respetar la etiqueta. Su condición de eunucos les permite circular más libremente por el Gran Palacio, ya que están autorizados a acercarse a las mujeres de la familia imperial, incluida la emperatriz. Sin contar con que ellos son los que dirigen el ceremonial. A esto se debe su gran influencia política, en especial cuando están a cargo de custodiar la cámara imperial (cubiculum). El de más alto rango se denomina parakoimomenos porque duerme cerca del emperador. En el siglo X, José Bringas administra el Imperio durante el reinado de Romano II (959-963). El parakoimomenos Basilio, hijo ilegítimo de Romano I, razón por la cual se ha visto privado de su virilidad, colabora con Constantino Porfirogéneta entre 944 y 959, y será el verdadero regente del Imperio durante los primeros años de reino de Basilio II, a partir de 976, antes de que éste lo mande a asesinar (985) y anule todas las disposiciones que se habían tomado bajo su responsabilidad.
Basilio era además un gran conocedor de las artes, aspecto sustancial en la vida de la corte bizantina, sobre todo a partir del siglo X. De hecho, se puede hablar de una auténtica cultura cortesana. El emperador y los cortesanos tenían afición por el arte, especialmente las piezas de orfebrería —ambos sexos usaban joyas— y marfil. A partir del siglo IX, el renacimiento de la Universidad nace en la corte. Constantino Porfirogéneta impulsa el movimiento enciclopédico que marcará el siglo X. Durante el siglo siguiente, Constantino IX Monómaco se rodea de un auténtico cenáculo de intelectuales, entre los cuales destaca principalmente el escritor y jurista Miguel Pselo, de forma tal que se ha llegado a hablar de un “gobierno de filósofos”. En esta misma época nace la poesía cortesana. No obstante ello, el auge de la vida literaria en la corte comenzó realmente en el siglo XII, durante la dinastía de los Comneno, alcanzando incluso a la familia imperial puesto que Ana Comnena, hija de Alejo I, escribió una epopeya sobre la vida de su padre. A esta época se remonta el renacimiento de la novela, destinada a este mismo público. El fenómeno se acentuó durante la dinastía de los Paleólogo, cuyos principales ministros fueron además escritores y promotores de las artes. Mientras se aproxima el final, la corte de Manuel II Paleólogo (1391-1425), que es a su vez escritor, atraviesa un período de gran esplendor. La corte disfruta de espectáculos, música y danza.
Pero la vida de la corte también reluce fuera del Gran Palacio. Los emperadores aprecian deambular por sus jardines, ordenados con una visión artística, cuentan con un terreno de polo y salen a cazar. La corte se muestra incluso de cara al público, cuando aparece junto al emperador en las carreras del hipódromo, que comunica con el palacio.
Esta vida de corte se extiende más allá de los límites del Gran Palacio, llegando hasta los palacios de los aristócratas que, a su nivel, organizan una vida igualmente fastuosa y artística. Además de las carreras de carros, la población puede asistir a algunos espectáculos: pese a las prohibiciones de la iglesia, que nadie respeta, el teatro y los mimos perduran en lugares de dimensión más reducida. Todos aquellos que tienen medios como para hacerlo disfrutan del buen vestir. La población de Constantinopla pasea bajo los pórticos que bordean las calles principales de la capital o por las elevadas terrazas (sobre todo por la arteria principal de la ciudad, la Mese), al menos cuando están en buen estado, lo cual no volverá a repetirse después de 1204.
Los aristócratas que rodean al emperador son los principales agentes y los primeros beneficiarios de este modo de vida. Por tanto, son los primeros interesados por que se respete la taxis (orden o clase en el que se deben disponer unos y otros). Así pues, hasta la época de la dinastía de los Paleólogos, redactan taktika (tratados de prelación) que exponen no sólo el orden de los cargos y de las dignidades, sino también las principales ceremonias áulicas, empezando por los banquetes que se llevan a cabo en el Gran Palacio durante las festividades más importantes. Más allá de mostrar la fastuosidad del Imperio, que tan bien simbolizan el oro y la púrpura, se trata de expresar una ideología política. En el comedor dorado del Gran Palacio, el chrysotriklinos, el emperador preside una mesa especial, situada en una posición dominante, en la que se sientan otros doce comensales al igual que en la Última Cena de Cristo. Si al final del Imperio se debió remplazar la vajilla de oro por otra apenas dorada, y más tarde por enseres que sólo eran de plata, el ceremonial seguía siendo el mismo.
En este misterio cuentan mucho las vestimentas. Según Constantino VII, fue un ángel quien le trajo el atuendo imperial. El emperador es el único que puede usar vestidos púrpura y blancos, incluidas las pantuflas que también eran púrpura. Los demás dignatarios tienen igualmente sus propios trajes, que forman parte de su paga. La majestad imperial obliga al silencio. Las asambleas oficiales en las que el emperador da a conocer sus decisiones se denominan silentia; el emperador jamás habla directamente, sino a través de gestos y de algún dignatario. En torno a él se despliega todo un ceremonial de adoración con connotación religiosa: en el rito se emplean cirios e incienso. Ante el soberano, súbditos y visitantes se prosternan (proskynesis) inclinándose profundamente hasta el suelo, después de lo cual en algunas ocasiones tienen derecho a besarle los pies y las rodillas.
Un cuerpo especial formado por los eunucos de la corte, herencia de la Antigüedad, es el encargado de hacer respetar la etiqueta. Su condición de eunucos les permite circular más libremente por el Gran Palacio, ya que están autorizados a acercarse a las mujeres de la familia imperial, incluida la emperatriz. Sin contar con que ellos son los que dirigen el ceremonial. A esto se debe su gran influencia política, en especial cuando están a cargo de custodiar la cámara imperial (cubiculum). El de más alto rango se denomina parakoimomenos porque duerme cerca del emperador. En el siglo X, José Bringas administra el Imperio durante el reinado de Romano II (959-963). El parakoimomenos Basilio, hijo ilegítimo de Romano I, razón por la cual se ha visto privado de su virilidad, colabora con Constantino Porfirogéneta entre 944 y 959, y será el verdadero regente del Imperio durante los primeros años de reino de Basilio II, a partir de 976, antes de que éste lo mande a asesinar (985) y anule todas las disposiciones que se habían tomado bajo su responsabilidad.
Basilio era además un gran conocedor de las artes, aspecto sustancial en la vida de la corte bizantina, sobre todo a partir del siglo X. De hecho, se puede hablar de una auténtica cultura cortesana. El emperador y los cortesanos tenían afición por el arte, especialmente las piezas de orfebrería —ambos sexos usaban joyas— y marfil. A partir del siglo IX, el renacimiento de la Universidad nace en la corte. Constantino Porfirogéneta impulsa el movimiento enciclopédico que marcará el siglo X. Durante el siglo siguiente, Constantino IX Monómaco se rodea de un auténtico cenáculo de intelectuales, entre los cuales destaca principalmente el escritor y jurista Miguel Pselo, de forma tal que se ha llegado a hablar de un “gobierno de filósofos”. En esta misma época nace la poesía cortesana. No obstante ello, el auge de la vida literaria en la corte comenzó realmente en el siglo XII, durante la dinastía de los Comneno, alcanzando incluso a la familia imperial puesto que Ana Comnena, hija de Alejo I, escribió una epopeya sobre la vida de su padre. A esta época se remonta el renacimiento de la novela, destinada a este mismo público. El fenómeno se acentuó durante la dinastía de los Paleólogo, cuyos principales ministros fueron además escritores y promotores de las artes. Mientras se aproxima el final, la corte de Manuel II Paleólogo (1391-1425), que es a su vez escritor, atraviesa un período de gran esplendor. La corte disfruta de espectáculos, música y danza.
Pero la vida de la corte también reluce fuera del Gran Palacio. Los emperadores aprecian deambular por sus jardines, ordenados con una visión artística, cuentan con un terreno de polo y salen a cazar. La corte se muestra incluso de cara al público, cuando aparece junto al emperador en las carreras del hipódromo, que comunica con el palacio.
Esta vida de corte se extiende más allá de los límites del Gran Palacio, llegando hasta los palacios de los aristócratas que, a su nivel, organizan una vida igualmente fastuosa y artística. Además de las carreras de carros, la población puede asistir a algunos espectáculos: pese a las prohibiciones de la iglesia, que nadie respeta, el teatro y los mimos perduran en lugares de dimensión más reducida. Todos aquellos que tienen medios como para hacerlo disfrutan del buen vestir. La población de Constantinopla pasea bajo los pórticos que bordean las calles principales de la capital o por las elevadas terrazas (sobre todo por la arteria principal de la ciudad, la Mese), al menos cuando están en buen estado, lo cual no volverá a repetirse después de 1204.



