A 18 Km. De las ruinas de los indios Quilmes, hacia Tafi del Valle en sentido de Tucumán, esta el Museo de la Pachamama, cercano a Santa María, capital de los telares de lana de vicuña, guanaco y llama, allí se levanta un complejo cultural de mas de 10.000 metros cuadrados, propiedad del Cacique artesano y artista plástico, Don Héctor Cruz, Gran Collar de la Orden Bonaria y Embajador entre los Pueblos Originarios.
El mapa místico de los cuerpos celestes refleja un gigantesco Suri, o ñandú de la puna, cuya cabeza comienza en San Antonio de los Cobres, y baja en su largo pescuezo por La Poma, Cachi, Molinos y Angastaco, cobrando cuerpo y volumen en la Quebrada de Cafayate, floreciendo sus plumas en el Embalse de Cabra Corral, sus finas patas corren libres por San Carlos y Finca El Aguirre, para terminar sus pezuñas en Amaicha del Valle, justo en el Museo de la Pachamama.
Desde el atelier del gigantesco hombre de los Andes, se ve todo el Valle Calchaqui, y de entre sus tesoros, recibidos de su prodigiosa memoria ancestral y transformados en tapices, ánforas, y esculturas, saca una singular cruz de madera, echa a escoplo y martillo en una raíz de algarrobo, mide casi 80 cm de largo y pesa casi 20 kilos, el Cacique Héctor Cruz la soñó un día de 1976 y la esculpió en esa dura madera, la cruz esta presente en toda la monumental obra de Cruz, hay cruces de cuarzo blanco incrustadas en las paredes, en las mesas, en el suelo, cruces de arcilla quemada, de lana colorida en ponchos y mantas, en fin cruces en tinajas y guardas, siempre el misterio del “ Stavros “ greco-romano, aparece nítido en estas culturas de indoamerica, la cruz que hoy nos ocupa y se encuentra en la Capilla de Piedra de la Santa Iglesia Ortodoxa de San Vicente, tiene círculos célticos y rayos solares cuadrigamados, esvásticas precolombinas, que seguramente los indios andinos adornaban con piedras preciosas, extraídas de los huevos del Dragón, como llamaban a las raras formaciones ovoidales de amatistas violetas, que aun se encuentran en Catamarca y Salta, y son grandes huevos de una corteza pétrea informe y rugosa, que guarda en su hueco interior agua del terciario que se estratifico en los bordes internos, formando cristales gemados de amatista.
Cruz es su apellido, y tal vez ese sea su misterio, explica el taciturno Cacique, al mirar la Cruz del Sur en el cielo estrellado de Amaicha, en ese mágico mes de Agosto, en que recibiéramos ese inestimable regalo, una obra de arte que se suma a la bien nutrida colección de piezas del Museo Itinerante de Tadmur.
Mons. Alfredo Montrezza



