Sunday, August 16, 2009

Una Palita "pa" el duquesito.







Don Héctor Cruz y su hijo Franco, o mejor decir, “ Tutuma “, para los amigos escucharon con simpatía la historia del Príncipe Bonario y su empeño en fundar un Museo itinerante en Europa, las máscaras traídas desde África por el Joven Príncipe, en sus muchas expediciones, cuando cargaba una mochila militar y varios libros malditos, buscaba el graal como Perceval, o Pa Ul Don, como Edgar Rice Burrougs.




De África vinieron las más de 50 piezas autenticas, que hicieron sentir al Rey de Allada, de la anciana Tierra de Benin, Su Majestad Dah Bopke von Allada, que este Gran Maestre Bonario, era un hombre de Gran Espíritu y conocimiento, ya que tenía en vitrinas y paredes, espadas de occidente, y curvas hojas japonesas, malayas e hindúes, máscaras bantúes y cascos cruzados, morros, manoplas, pianos, urnas funerarias, bastones de poder de Ifa, altares, medallas y monedas, banderas y libros,y ahora en el Palacio de Amaicha, sobre 17.000 metros cuadrados, con 25.000 obras de alfarería, 35.000 tapices de figuras y colores indígenas, mesas de 10 metros de diámetro, y millares de piedras de cuarzo blanco, cortadas a escoplo y martillo, este hombre enorme, un gigante de su raza, el súper hombre soñado por el profesor de Basilea, riendo, esconde en su mano morena, un pequeño tesoro, y otro y otro…………., y le envió a su hermano blanco, Señor de Tadmur, Don José Manuel Mosquera y Castelo, nada menos que un vaso del final del Holoceno, los años se pierden en la noche de los Apatamas, verdaderos pobladores de Antofagasta, hablaban Kakan o Quequen, una lengua secreta que don Héctor Cruz al tallar las rocas tobaceas, murmura cantando, como queriendo adormecer las piedras hasta hacerlas blandas como arcilla, una ánfora cónica, con rostro humano, única, y por la cuál mas de un antropólogo perdería el sueño, tal vez del 1400, antes de Cristo, o mucho antes, igual que la otra mas pequeña.




Son para la ceremonia de los muertos, allí se pone hojas de coca, semillas de poleo y cáscara de tusca, rika rika y un pedazo del fémur del muerto a ser invocado, y en la pequeñita se ponían las semillas de quinoa, hojas de jarilla y corteza de molle viejo, cáscara de chaucha de algarrobo y estiércol de vicuña, una uña de suri y ya estaba pronto el despacho.



Y Tutuma riendo me dice, “ Don Monseñor, Tatita, llévele uste, al principito esta palita, pa que juegue na arena…………………….”, la palita para el Duquecito Aymor, creo que nunca será llevada a las playas de Benidorm, porque su padre la atesorará en el Museo de Tadmur, ya que es una pieza de mas de 50.000 años, propia de la Edad de Piedra, es una lasca de basalto volcánica, imposible de trabajar por su dureza, y entre las empanadas de Doña Carmen, esposa y pintora del Chamán Hector Cruz, atardecía en Amaicha del Valle, frontera entre Santa Maria y Tucuman, plena Puna, antesala de los Valles Calchaquies, y puerta mistérica donde la leyenda dice que se entra el sol a preñar la luna, y salamanca dirige una orquesta de sapos y grillos entonando un carnavalito de las ánimas.






Pueblos Originarios


En el actual territorio salteño se asentaron varias culturas originarias: los Lules y Vilelas, hacia el este, los Diaguitas en el centro y límites con las provincias de Jujuy, Tucumán y Catamarca, los Omaguacas de la Quebrada, en la zona limítrofe con la provincia de Jujuy y con Bolivia y finalmente los Apatamas de la Puna.


Los Lules y Vilelas eran nómades, descendientes de los huarpes del Chaco. En cambio los otros pueblos eran sedentarios, su economía se basaba en la agricultura y excepto los apatamas de la puna, eran también guerreros.


Los lules y vilelas sorprendieron a los conquistadores con su aspecto desgarbado, sus adornos de plumas y su carrera veloz. Por eso fueron llamados "suríes" (suri, avestruz). Cazadores y recolectores, utilizaban las pieles de los pecaríes y jabalíes que cazaban, se alimentaban de frutas y raíces, ocupando un lugar central en su alimentación la algarroba (vaina del algarrobo), con la que hacían una bebida alcohólica llamada chicha, al igual que el guarapo que preparaban con miel. Rescataban el agua de lluvia de huecos y pozos. Sus armas eran el arco y la flecha, los dardos y la macana. Como adornos llevaban pendientes en las orejas, y en las fiestas se pintaban la cara y el cuerpo; los hombres simulando las manchas del yaguareté, y las mujeres de negro y colorado.


En la primera mitad del siglo del siglo XVIII hubo varias reducciones de estos pueblos y una de ellas da origen al actual municipio de Lules en la provincia de Tucumán.


Los Diaguitas y Omaguacas cultivaban maíz, zapallo, papas, porotos y quinua. Tenían un sistema de labranza muy desarrollado, con cultivo en terrazas y sistemas de riego que prácticamente es el que se utiliza hoy en día. La algarroba era muy importante, era conservada en silos subterráneos y con ella fabricaban la aloja y el patay, especie de torta o pan hecha con algarroba molida como harina. También criaban llamas, que les servían como animales de carga y les proveían de lana.


Los diaguitas eran más bien vegetarianos, en cambio los omaguacas complementaban su alimentación con carne de guanaco, avestruz y aves que cazaban.

Los diaguitas y omaguacas eran grandes ceramistas y alfareros, la máxima demostración de su arte son las urnas funerarias infantiles, con enorme variedad de estilos y decorados. Cada pueblo tenía su decoración particular, por ejemplo los diaguitas producían unas urnas rojizas globulares decoradas en negro, en cambio los calchaquíes las hacían ovaladas y pintadas de varios colores. Pero los apatamas tenían una alfarería algo tosca.


También trabajaron los metales, que sabían extraer y manipular: cobre, bronce, oro y plata. Otras industrias eran la canastería y el trabajo en madera. Los apatamas trabajaban hábilmente las calabazas, adornándolas con motivos geométricos, y una particularidad de este pueblo, es que sabían cosechar sal, que intercambiaban con sus vecinos.


Las viviendas eran rectangulares, de piedras, con el sistema denominado "pirca" (pared de piedra sin argamasa) y los techos de paja o torta (mezcla de barro y piedritas) y tenían una única abertura como entrada. Los poblados alcanzaban grandes dimensiones, constituyendo ciudadelas fortificadas de difícil acceso. Sin embargo las viviendas de los apatamas no tenían puertas, por lo que se supone que entraban por el techo mediante escaleras, y sus poblados estaban poco defendidos.


Su vestimenta era típicamente andina: largas túnicas que les llegaban hasta los tobillos, ojotas, los cabellos trenzados a la espalda. Usaban muchos adornos, de hueso, piedra, cobre o bronce: brazaletes, prendedores, aros y sobre todo, placas pectorales. Los apatamas complementaban la vestimenta con gruesos gorros de lana de llama.


Por la influencia incaica, adoraban al Sol y tenían lugares sagrados y distintos tipos de entierros. La influencia incaica se nota también en los caminos y postas, como la conocida "Casa del Inca" o Incahuasi, en Rosario de Lerma, declarada Monumento Histórico.


Los guerreros diaguitas y omaguacas utilizaban arco y flecha, honda y rompecabezas. Las puntas de las flechas se hacían de hueso o piedra. Los pacíficos apatamas tenían pequeños arcos y flechas que adornaban con plumas.


Otra de sus costumbres, como la mayoría de los pueblos andinos, era deformarse la cabeza, mediante unas tablitas que daban forma alargada y oblicua al cráneo.


El culto enterratorio tenía gran importancia. Los adultos se enterraban en un rincón de la habitación, acompañados por sus armas, objetos personales, comida y bebida para el largo viaje que iban a emprender. Las criaturas en cambio se depositaban en urnas funerarias que se tapaban y enterraban.


Los nombres de los numerosos grupos que componían estas culturas hoy conforman la particular toponimia de la región.


Uno de los pueblos diaguitas, los calchaquíes, enfrentaron valientemente la conquista y resistieron hasta mediados del siglo XVII. Fueron perseguidos y combatieron mucho tiempo antes de ser vencidos. Los conquistadores sacaron once mil personas de los valles, de distintos grupos, entre ellos los quilme, y los obligaron a caminar mil doscientos kilómetros, hasta una reducción a orillas del Río de la Plata: la actual ciudad de Quilmes.


Los omaguaca fueron los últimos en ser sometidos por el conquistador. Presentaron recia lucha; dominaban todo el sistema de la Quebrada lo cual hacía difícil el accionar de los españoles, y dos veces destruyeron los asentamientos urbanos de lo que más tarde sería San Salvador de Jujuy, que recién a la tercera vez, pudo considerarse fundada.