Al anochecer nuestro vehículo llego al Peñón y desde allí a Antofagasta, las luces de queroseno en las puertas bajas de las casas de adobe, dan un aspecto de ciudad del Señor de los Anillos, unas 400 almas, y una Iglesia de la Virgen de Loreto, son el testimonio de la raza Hispana hace 400 años.
Ya estaba alojado en la Hostería fría y sin luz, cuando vinieron 3 Monjas de la Congregacion de Cristo Señor y Víctima, una orden fundada en Perú en 1960, para servir en la Puna Andina, me pidieron que fuera a su convento a darles la Confesión, yo explique que era Ortodoxo y venía a tomar posesion legal del Yacimiento de las Lichi, Gold en el salar de Hombre Muerto, pero ellas me pidieron que las acompañe, de modo que vestí una sotana el solideo rojo, pectoral y anillo y salí a la noche obscura, con 6 u 8 grados bajo de cero.
Eran seis hermanitas, que pertenecen a la Prelatura de Santa María, hacia Tucuman, un día de viaje por las montañas, hacia el este, terminada la confesión me sirvieron una colación hirviendo de Rika Rika, una hierba amarillenta y seca que cubre los volcanes, un trozo de pan ahumado al rescoldo, y Arrope de Tuna, un pedacito de torta de algarrobo y unas nueces, esa fue mi frugal cena conventual, y la promesa de dar la misa mañana a las 10, y así mismo sucedió, el prelado católico avisó por teléfono que todo el pueblo me diera la bienvenida y acudiera a misa, ya que era el día de los niños en Argentina, y para eso sacaran la Imagen de vestir de Nuestra Señora de Loreto a la procesión.
El pueblo fiel asistió a misa cantada, recordando al Niño Jesús Alcalde, o Misa de Thinkunaku, y las monjitas cantaron todo lo que sabían, y yo consagré en latín, para que todos gocen de una Liturgia de Pontifical.
Entre las confesiones y la comunión, se fueron tres horas, y pasado el medio día, salimos otra vez hacia Amaicha, donde me esperaba el gigantesco museo del Chamán Hector Cruz.
Dios abre las puertas a nuestra cosmovision bonaria, y la legitimidad de nuestros actos es reconocida por las iglesias canónicas, concediéndonos la gracia de celebrar válidamente los sacramentos en todas sus iglesias, aun en esa que es la del fin del mundo.
Monseñor Alfredo Montrezza.



