Wednesday, December 13, 2006

VOLUMEN IX.-

Este viernes, saldrá el Volumen IX, sobre la vida diaria de los templarios en el S XIII.
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La orden del Temple alcanza el cénit de su irradiación y dominio a mediados del siglo XIII. Elegimos, por tanto, este período para describir no ya su «corteza» (según la llamativa expresión que utilizaron sus dignatarios y comendadores al acoger al postulante) sino su organización interna en sus diferentes niveles y en sus diversas estructuras.
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Pero esta descripción sería incompleta e incluso incomprensible si no relatáramos en primer lugar las especiales circunstancias de la creación del Temple y de su rápido crecimiento hasta el momento en que, enriquecido y célebre (si bien consagraba la mayor parte de sus inmensas rentas a la defensa de Tierra Santa), fue sustituyendo poco a poco a las autoridades laicas; esto es, al Rey y a los Barones de Jerusalén. Los templarios mantenían la presencia cristiana en Oriente junto a los teutónicos y a los hospitalarios a costa de numerosos sacrificios al declinar el espíritu cruzado. Persistieron en su soberbia falta de realismo poniendo la reconquista de Jerusalén y la posesión del Santo Sepulcro por encima de sus intereses y de su seguridad, aunque posteriormente el realismo político suplantó a la espiritualidad. Se consideraron hasta el final caballeros de Dios, honra de la Iglesia y de la Cristiandad y mostraron un arrojo enérgico frente a una situación desastrosa e incluso desesperada, aunque eran conscientes de que habían quedado desfasados Sin embargo, estaban profundamente orgullosos de ser los últimos defensores de Tierra Santa.
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La ferviente admiración o casi veneración que se les tributaba se truncará en odio cuando finalmente sean expulsados de Tierra Santa. Se elevarán voces de envidia en torno a sus encomiendas azuzadas por la avaricia. Pero ellos rechazarán o desdeñarán estos rumores: ¿Podían concebir acaso que el mismo mundo que los había forjado no se asemejara ya al de antaño o renunciara a lo sublime mientras que ellos se mantenían fieles a sí mismos? ¿Era posible que el viejo ideal caballeresco pereciera convirtiéndose en su propia caricatura?
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Su poder y su fortuna no dejaban de inquietar a los gobernantes. ¿En qué los emplearían si Jerusalén se había perdido sin remedio? Además había que encontrar un responsable a este fracaso de Occidente. La astucia de Felipe el Hermoso y de sus partidarios consistió en achacarlo a los supuestos desfallecimientos, crímenes y vicios de los templarios. No les faltaron cómplices: prelados secretamente hostiles a la orden y clérigos impacientes desde hace largo tiempo por recuperar los diezmos que habían tenido que sacrificar, además de un Papa inseguro de su elección por las intrigas del propio rey. Quizás Felipe el Hermoso tuvo algo de grandeza, pero encarnaba muy exactamente la anticruzada como falsificador de monedas y opresor de los judíos por necesidad.
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El Temple representaba, por el contrario, todo lo que él execraba: la independencia, el desinterés, la aventura heroica y la primacía de la fe. Era lógico que lo convirtiera en el chivo expiatorio. El proceso que arregló con mano maestra y las confesiones que sus verdugos arrancaron a sus prisioneros (sonsacadas a base de promesas falaces que se alternaban con amenazas y con el espectáculo de los tormentos infligidos a sus hermanos) han empañado para siempre la gloria de los templarios y falseado su historia. Desde entonces, y sobre todo en nuestra época, la mayor parte de los autores no han dejado de reconstruir ese proceso a pesar de su respeto a la verdad. Sólo se han preguntado hasta la saciedad si los templarios eran culpables, no si eran inocentes. Han vuelto a asumir indefectiblemente las directrices de la acusación inventadas por Felipe el Hermoso y sus juristas olvidando la obra templaria. Con esto sólo han conseguido agravar las sospechas que un proceso injusto arrojó sobre la orden y engrosar el sistema con el que se arropaba.
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Pero no hay necesidad de recurrir al esoterismo para justificar la discreción de los miembros del capítulo (por lo demás, común a todas las órdenes religiosas) ni tampoco a la alquimia para descubrir la fuente de las riquezas templarias. No faltan cartularios que retraten fielmente al filo de los años las actividades de la orden: cartas de donaciones, de compras y de intercambios; contratos de préstamos, registros bancarios, transacciones y arbitrajes que ponen fin a los inevitables litigios inherentes a la gestión de dominios dispersos y a la percepción de los más diversos derechos.
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La regla, ampliando y precisando en sus sucesivas versiones las disposiciones iniciales necesariamente un poco estrechas, expone sin la menor ambigüedad la vida de los templarios en tiempos de paz y en tiempos de guerra, en las encomiendas de Oriente y en las de Occidente, en la elección del Gran Maestre y en la toma de hábito de un simple caballero o en la de un hermano sargento, además de las obligaciones religiosas y la disciplina de la casa. De todo ello deducimos que permaneció inflexible hasta la tragedia final.
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Los inventarios redactados por los síndicos de Felipe el Hermoso (pseudoguardianes de los bienes del Temple a la espera de su devolución por el Papa), o más bien los que liquidaron esta riqueza en beneficio del tesoro real, no son menos instructivos. En efecto, anotan el ganado de las encomiendas, las reservas de grano y de forrajes, los barriles de cerveza y de vino, las provisiones, el material agrícola, los utensilios de cocina, los salarios de los criados y tareas desempeñadas por cada uno de éstos, e incluso el contenido de los cofres y los ornamentos de las capillas.
Hasta en las crónicas (en verso o en prosa, en latín o en francés antiguo) de la época sucede lo mismo: permiten extraer los hechos esenciales y hacerse una idea, por con siguiente, de la reputación de que gozaban los templarios, además de detectar aquí y allá las primicias de las rivalidades futuras y los gérmenes de las calumnias que terminarían por perderlos.
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Aunque la regla del Temple constituye la base de este estudio, reclama una advertencia preliminar. Se compone de cuatro partes cronológicamente diferenciadas: La Regla Primitiva aprobada por el concilio de Troyes en 1128, y su traducción francesa situada hacia 1140 y que comporta algunas variantes; las Retractaciones, que forman una compilación de usos y costumbres de la orden (hacia 1165); los Estatutos Jerárquicos que tratan principalmente de las ceremonias (1230-1240) y, por último, las Consideraciones, consagradas a la disciplina (faltas, gradación de penas, ejemplos jurisprudenciales) y que suelen fecharse entre 1257 y 1267. Como se indica más arriba, las Retractaciones, los Estatutos y las Consideraciones retoman los elementos de la Regla Primitiva: los desarrollan, los comentan e incluso los modifican en un afán evidente de adaptarlos a las circunstancias, en aras de una mayor eficacia. Los actualizan sin modificar su espíritu salvo en raras excepciones. Este conjunto forma un auténtico código de derecho consuetudinario, es decir, no fijado en fórmulas abstractas sino que está en evolución permanente y, por tanto, es inteligente y vivo.
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Porque estos hombres que eran algo así como los Quijotes de Cristo por la desmesura de sus sueños, conservaban el espíritu práctico: sabían ser al mismo tiempo organizadores sin par. Su grandeza se halla en esta dualidad casi institucional: monjes pero soldados, héroes pero contables, mártires pero colonos, etc.
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Dualidad que quizás explica su escudo más conocido, que muestra a dos caballeros (con yelmos en las cabezas y lanzas apuntando hacia abajo) sobre el mismo caballo: lo espiritual y lo temporal, el afilador que recorre los pueblos y el loco de Dios cabalgando sobre la misma montura, librando en realidad el mismo combate pero con medios diferentes, persiguiendo el mismo designio y bajo la misma divisa:
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Non nobis, Domine, non nobis, sed Tuo nommi da gloriam: «Da gloria, no para nosotros, Señor, no para nosotros sino para tu nombre...»