Thursday, October 06, 2011

¿Normalización en el Medio Oriente? .-

Por Gaston Pardo

En 1948 nació el estado sionista de Israel bajo el patrocinio de Naciones Unidas. Pero este organismo internacional ni tenía ni tiene facultades para dar nacimiento a estados o para suprimir su existencia. Lo mismo ocurre hoy con el proyecto del estado palestino que nacería en las mismas condiciones de ilegalidad de la entidad sionista. Hay pocas esperanzas de ver la solución del problema palestino y del genocidio sistemático en agravio de la población árabe palestina. No obstante, las esperanzas se desbordan.


En el Oriente Medio, el otoño no tiene la presencia melancólica que tiene más al norte. Para los árabes es una estación mortecina: las hojas de los arces se tornan púrpura; los gansos vuelan hacia el sur. Para nosotros es el momento gozoso de despertarse tras el soporífero calor estival: la hierba vuelve a brotar sobre la tierra reseca; las higueras y los granados tienden sus ramas cargadas de fruto. Galilea del norte sigue siendo incomparable para propios y extraños. Esa tierra que ha sido profanada por los jázaros genocidas y antisemitas.


La primavera árabe es el nombre que recibió la oleada de espectaculares sublevaciones en febrero.-Dio paso al verano árabe, esa estación calcinada, inhumana, en la que buscas en vano la sombra, o una sombra fresca bajo la cual librarte del despiadado resplandor solar, a la vez abrasador. En Egipto, la junta militar proseguía la política de Mubarak; en Libia, pandilleros en armas merodeaban por el desierto bajo el carísimo pararrayos de la aviación de la OTAN; desde Siria se difundían las fabulosas aventuras de la blogera lesbiana damasquina, con su idea original y guión de un ex-agente de inteligencia estadounidense de mediana edad y retirado en Escocia.

Palestina cayó en el olvido en ese ambiente agitado, y un observador neocon nos informaba alegre y apresuradamente de cómo la primavera árabe había "condenado la cuestión palestina a la irrelevancia".

Pero llegó el otoño, y el vaho del verano se disipó. Los primeros frutos sembrados en la primavera empezaban a brotar con fuerza. La embajada-fortaleza-sobre-un enclave del-Nilo israelí fue asaltada. Turquía recordó la ofensa del año anterior y los saudíes plantaron cara a Estados Unidos por primera vez hasta donde llega el recuerdo. Palestina vuelve a estar en el candelero, y la solicitud por Mahmud Abbas a la ONU de reconocer el estado palestino ha sido la pieza central del nuevo mosaico.

Ahora podemos reevaluar las pruebas y empezar a entender por fin lo que está pasando en Oriente Medio. ¿Se trata de un genuino impulso liberalizador y democrático? ¿De un plan cuidadosamente orquestado por adinerados? ¿Adónde nos lleva todo esto? Se diría que nuestra región está siendo reformateada, exactamente igual que el disco duro de un ordenador, y que, al término de este proceso acelerado, volverá a emerger -como explicaremos más adelante- un Califato largo tiempo olvidado.

¿Por qué los palestinos piden el reconocimiento de la ONU?

Los palestinos están cansados de negociaciones interminables. Les prometieron la independencia rápida en el lejano 1993, el año en el que Mandela recibió el Premio Nobel de la Paz y el filme Parque Jurásico fue un éxito de taquilla. Se suponía que el Acuerdo de Oslo entre Yasser Arafat e Yitzhak Rabin resolvería en seguida todos los problemas tras un corto interludio de autonomía. No funcionó: Arafat fue envenenado, a Rabin le pegaron un tiro y los sucesivos gobiernos israelíes fueron haciendo tiempo y, de vez en cuando se dedicaron a asesinar a los impacientes palestinos. Las negociaciones, pese a todo, todavía duraban, duraban, y duraban...

Hace ya mucho tiempo que el pueblo palestino se cansó y perdió la fe en las negociaciones: en las primeras elecciones libres celebradas en 2006 votaron contra Fatah, el partido de las negociaciones. Ahora, cinco años más tarde, Mahmud Abbas y su partido Fatah se han cansado también de perder el tiempo; la posibilidad de acabar perdiéndolo todo les da miedo. Abbas está quedando muy mal: sus adversarios lo consideran un títere de Israel, sostenido por las bayonetas israelíes. Dicen que carece de mandato de gobierno.

A Abbas le preocupa que el próximo embate de la Intifada lo barra como a otro Mubarak, y que los israelíes no lo impidan (y no lo harán). Su única alternativa es convertirse en persona ya irrelevante del todo para el nuevo gran reformateo de la región. Esta es la razón de que haya hecho las paces con Hamas y solicitado el reconocimiento de la ONU, al tiempo que, por las dudas ya ha encargado artefactos antidisturbios.

Los de Fatah desean obtener resultados, a menos que hayan pensado jubilarse, cultivar una parcela y vender aceite de oliva. Pero el tiempo -y el reformateo- han puesto a Abbas en una posición precaria. Fatah se inscribe en el movimiento nacionalista árabe, vagamente socialista, del partido Baaz y de Nasser; ese movimiento se está muriendo. En Irak lo destruyó la invasión anglosajona; en Egipto lo echaron a perder las políticas de Mubarak; en Libia, las bombas de la OTAN no han dejado ni rastro; en Siria está siendo socavado.

Los socialistas árabes han llegado a demasiados compromisos con los neoliberales, alentando a sus nuevos multimillonarios, y aceptando demasiados sobornos; han perdido en gran medida el apoyo popular. Como la sal que ha perdido su sabor, ellos han perdido su sentido. Están siguiendo el camino de los sindicatos del PRI mexicano y de los socialdemócratas europeos, al tiempo que su inherente inflexibilidad post-revolucionaria no les permite cambiar.

Mahmud Abbas sabe mejor que nadie que la resolución de la ONU no le proporcionará un Estado viable, pero al menos aumentará su capacidad de poner nerviosos a los israelíes. Él es muy pro-usano, sus fuerzas de seguridad están entrenadas por los usanos, y él tenía esperanzas de que su petición fuera atendida. Era una expectativa razonable tras el discurso de Obama en El Cairo, y de hecho a Obama le hubiera gustado seguirle el juego. Sin embargo, los judíos de habla inglesa son demasiado poderosos, demasiado nacionalistas para dejarle ese margen de acción. Prefieren a Netanyahu con su obtusa intransigencia. La clase política usana así lo tiene asumido, y recibieron a Netanyahu con ovaciones de las que el camarada Stalin o el coronel Gadafi hubieran estado orgullosos. La inesperada pérdida del escaño de Weiner en el Congreso, y el temor a que los judíos obstruyeran la reelección del presidente, han compelido a la administración Obama a prometer un veto en el Consejo de Seguridad de la ONU.

No es una sabia decisión, por más que haya sido forzada, pues el proceso Unión pro paz permite invalidar el veto usano, y parece que esta "arma definitiva" de la política internacional estaría próxima a ser empleada por primera vez desde la guerra de Corea en 1950, esta vez contra EU. En cierto modo, al demostrar así su avasallamiento, este país se ha descalificado a sí mismo como centro de control para el Oriente Medio.

¿Quién, pues regirá el Medio oriente?

Nadie que no disfrute del apoyo popular puede regir (y menos reformatear) la región tras la derrota del nacionalismo árabe. A la gente tiene que gustarle su orientación política. Y no hay mejor banderín de enganche en Oriente Medio, desde Atenas hasta El Cairo, que plantarle cara al invasor judío. La razón no es algún tipo de prejuicio o un mítico antisemitismo, sino el amor imperecedero por la Tierra Santa y por sus habitantes nativos, tan terriblemente maltratados por los sionistas. Proverbios 30, 22 explica que "[la tierra se alborota] por el siervo cuando llega a ser rey"; un escritor israelí arguye que esto se aplica a los judíos en su país. Acostumbrados a servir a otros reyes, nunca desarrollaron suficientemente la caridad, la compasión, la moderación; maltrataron a los nativos cruel e injustamente y, en consecuencia, sólo lograron unir todo Oriente Medio en rechazo a su empresa.

La prueba de fuego para los gobiernos en Oriente Medio es su actitud hacia la Tierra Santa. Nuestra gente está más interesada por la suerte de ésta que por la democracia o el liberalismo inaprensibles, más que por Facebook o Twitter. En febrero escribimos que este era el fin del orden israelo-usano establecido por los acuerdos de Camp David. Ahora empezamos a ver el nuevo orden que llega.

Quien aspire a controlar la región tiene que ocuparse en primer lugar de Palestina. Es más, demostrar que la preocupación es el prerrequisito para aspirar al liderazgo. Así lo ha hecho Turquía. Tras mucho esperar, el gobierno de Erdogan ha tomado algunas medidas inesperadas: envió de vuelta a casa al embajador israelí, cesó toda cooperación militar y toda adquisición de armamento, Erdogan prometió acudir personalmente a Gaza con la protección de los navíos de su armada. El resultado fue impresionante: durante su viaje a El Cairo, el sucesor del Sultán fue llamado "el nuevo Saladino", por el vencedor de los cruzados en la batalla de Hattin junto al Mar de Galilea en 1187. El pueblo lo aclamó como liberador y salvador. Si tal fue la recompensa por sus palabras, ¿cual no será por sus acciones?

Egipto está a punto para una auténtica revolución: los egipcios derribaron el muro que rodeaba la embajada israelí y asaltaron el edificio. Expresaban su disgusto con la junta militar en el poder por su inacción y por su continuación de un "mubarakismo sin Mubarak". De hecho los egipcios tienen bien poco que mostrar tras su alzamiento de febrero y su miríada de mártires. El general Tantawi había sido designado sucesor por el propio Mubarak hace años. No ha habido cambio de régimen político, las elecciones están siendo pospuestas, el bloqueo de Gaza continúa, y ni siquiera la muerte de soldados egipcios a manos israelíes alteró la normalidad.

Turquía tiene legitimidad para asegurar el nuevo orden, llamémoslo Califato, pues Califato se llamó también al Imperio Otomano, el equivalente del TLCAN. Estambul (la antigua Constantinopla ortodoxa) fue la sede del Califato hasta la Primera guerra mundial, y la capital natural de Oriente Medio desde el siglo IV. El fin del kemalismo ultrasecular y el auge del AKP islámico han abierto la puerta a la aspiración de Turquía a resucitar el Califato. Turquía es el líder nato; si Siria llegase a estallar, Turquía podría reintegrarla en el seno del Califato.

Segunda fuerza

Pero los turcos no son los únicos aspirantes. Una nueva fuerza ha surgido entretanto en Oriente Medio. La dirigen los saudíes y sus aliados más próximos, incluido Katar. Tienen mucho dinero y un instrumento mediático sumamente poderoso, al Jazeera. Son musulmanes devotos, rigurosamente antisocialistas, y planean reformatear la región a su propio gusto. Son los principales beneficiarios del ataque de la OTAN a Libia, y han invertido cuantiosos recursos en la desestabilización de Siria. Hasta ahora habían permanecido en el segundo plano, sin mostrar sus cartas. Es la cuestión palestina la que los ha sacado a la luz del día.

El príncipe Turki al Faisal escribió en el New York Times: “Arabia Saudí romperá con EUsi esta potencia veta la petición palestina. Esto no obedece sólo a la simpatía por el pueblo de Palestina; es también una puja por la supremacía regional”. Los saudíes contienden nada menos que por la corona del Califato: la quieren para ellos. A tal fin, han invertido montones de dinero desde hace años; han destruido a Gadafi y están socavando a Assad. Su relación con el AKP turco funciona bien; Erdogan y Gul conocen a los saudíes, han estado en el reino del desierto y se han beneficiado de su sostén. Pero si los saudíes quieren tomar el mando, tendrán que esforzarse mucho más en la cuestión palestina.

Es probable que Turquía sea el aspirante con mayores alcances para el cargo rector. Se trata de un país grande, próspero y moderno; su Islam ortodoxo tiene un fuerte componente sufista (basta recordar a Rumi, el mayor poeta sufí y un santo muy venerado por los turcos). Los saudíes tienen menos probabilidades con su versión protestante-puritana del Islam (salafista o wahabista). Las ciudades santas de La Meca y Medina no pudieron conservar la sede del Califato, y es probable que esta vez vuelvan a fracasar, a no ser que acepten moderar sus ambiciones y desempeñar un papel secundario al lado de Turquía por un tiempo.

La petición a la ONU

Estados Unidos se enfrenta a decisiones difíciles. Vetar la petición palestina puede ser un gesto carente de significación, pero no dejará de er una vívida demostración de su parcialidad. Los europeos no lo apoyarán, y si estos bombardearon a la mitad de Libia, no fue para dejar la ganancia a los sionistas. La administración estadounidense no puede escapar del abrazo judío, lo cual no pasan por alto los europeos.

Israel podría recuperar el buen sentido y tomar con calma el voto en la ONU, como sugiere Tsipi Livni, la dirigente de Kadima. Aunque la resolución palestina saliera triunfante, Israel sigue teniendo el mayor ejército de la región y cuenta con el respaldo incondicional de EU. Los israelíes pueden ignorar la resolución igual a como han ignorado cientos de resoluciones de la asamblea general, repitiendo la máxima de Ben Gurión: "¿Qué más da lo que digan los gentiles? Lo que cuenta es lo que hacen los judíos". El filósofo árabe-americano Joseph Massad ha escrito que Israel ganará de todas las maneras: si los palestinos ganan su apuesta conseguirán un exiguo bantustán; si la pierden, perderán el impulso que han adquirido.

Ali Abunimah ha enumerado variadas razones contra la declaración. Ciertamente, lo que no desean la independencia de la Autoridad Nacional Palestina. Ésta no resolvería el problema de los refugiados, la separación entre Cisjordania y Gaza, la discriminación al interior de Israel. No hay pues, nada de qué preocuparse: el intento de Mahmud Abbas no creará una Palestina independiente. Lo que sí hará es cambiar el tren palestino de carril, borrar las insidiosas sonrisitas de Netanyahu y Lieberman, debilitar el dominio anglosajón sobre la región.

Lo más importante es que abrirá el camino a una nueva dinámica, muy negativa para Israel, aunque no sea la paja que quiebre la proverbial espalda del camello. En cualquier caso, los palestinos no pueden resolver el problema solos: la eliminación del régimen de apartheid en Israel/Palestina será efectuada finalmente por el próximo Califato, y será un logro que realzará su legitimidad y su popularidad.