Friday, July 16, 2010

Budismo y cristianismo: religiones de la compasión.-

Hegel compara la historia humana con el banco del carnicero donde tantas vidas inocentes se han sacrificado en vano. Es verdad. Pues bien, el objetivo del budismo es precisamente practicar el ideal de la compasión. ¿Cómo? Ayudando a liberar a todas las personas que sufren en la cotidianidad y viendo la presencia del Buda en los sufrientes de la historia. La ética budista de la compasión, afirmó en el Encuentro el monje Dokhuso Villalba, está en las antípodas de la ética del poder.
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Aquélla reconoce la fragilidad humana, la impermanencia, la insustancialidad del todo. Surge de la toma de conciencia de la propia vulnerabilidad y de la pérdida del miedo. La ética de la compasión insta a abrirnos, a reconocer el propio dolor y a compartir el dolor de los otros. Las prácticas de meditación budista no son experiencia de evasión, sino de inmersión en la propia realidad. La ética del poder, sin embargo, parte siempre del miedo, que es global y cerval y cuya manifestación extrema es la muerte. Miedo que lleva a protegernos, armarnos, defendernos.

La ética de la compasión está también en el centro del cristianismo y constituye su ideal. No se trata de aguantar estoicamente el dolor y, menos aún, de buscar un sentido redentor y reparador al sufrimiento. Ésa ha sido la doctrina más extendida, la canónica, el mensaje central del cristianismo transmitido desde Pablo de Tarso a nuestros días. Ejemplo: el sentido redentor de la muerte de Cristo, que fue querida por Dios para reparar la ofensa infinita de la humanidad a Dios. Nada más lejos de la vida histórica de Jesús de Nazaret y de la imagen misericordiosa que ofrece de Dios, cuyo objetivo es liberar a la humanidad del sufrimiento, dar vida, asumir la causa de las víctimas, Los sacrificios no son necesarios para reconciliar a la humanidad con Dios y a los seres humanos entre sí. “Misericordia quiero, no sacrificios”, dice Jesús citando al profeta Oseas.
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Cristianismo es la religión de la com-pasión, de la sim-patía, de la solidaridad con las víctimas, con los sufrientes de la historia. Una compasión que lleva a ponerse en el lugar del otro para compartir sus sufrimientos, pero también para ayudar a superarlos, o al menos a aliviarlos.

Con el budismo y el cristianismo, con Buda y Jesús coinciden el epicureísmo y su fundador, Epicuro, quien consideraba vana y carente de sentido la palabra del filósofo que no fuera capaz de contribuir a aliviar, siquiera mínimamente, el sufrimiento de los seres humano.

En el diálogo Masiá-Suki apareció la idea central del budismo: la budeidad, que Suzuki resumía así: el ser humano está dentro de lo divino; lo divino está dentro del ser humano. Todas las realidades, todos los seres humanos poseen la budeidad. Lo divino me envuelve, ratificaba Masiá. Lo divino me envuelve, porque antes estoy envuelto por lo divino. ¿Existe en el cristianismo algo comparable con la budeidad? Sí, respondió Masiá. Lo expresa bellamente Juan de la Cruz: “Alma, buscarte has en mí.,/ buscarme has en ti”. “Me gustan mucho esos versos -le dijo Suzuki-. Escríbamelos para que los conserve en japonés”.

Los tesoros del budismo

Tres son los tesoros del budismo: el Buda que se abrió a la Iluminación y el Buda eterno, la enseñanza en torno a la liberación del sufrimiento, y la comunidad, formada por el conjunto de los creyentes presentes, pasados y futuros.
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Cuatro son las cuatro características del la verdad última del budismo: todo es interdependiente de todo, que se expresa mediante la “cadena de las doce causas y condiciones”; todo es efímero; nada tiene individualidad independiente; el nirvana es la paz absoluta. La primera predicación del Buda histórico se resume en las cuatro nobles verdades: la realidad universal del sufrimiento; la causa del sufrimiento centrada en el deseo desorientado; la eliminación del sufrimiento, que lleva al nirvana; el camino de los ocho carriles y las seis virtudes para dicha eliminación. Ocho son los carriles de ese camino, que se agrupan en tres bloques, sabiduría, acción y contemplación: ver y pensar adecuadamente, sin exagerar; hablar actuar y vivir equilibradamente, sin exagerar; perseverar, atender y concentrarse unificadamente, sin exagerar. Seis son las virtudes a practicar: magnanimidad, observancia, paciencia, diligencia y energía, meditación y sabiduría.

Una pregunta: ¿el encuentro quedó en una conversación sin consecuencias? ¿Fue un hablar por hablar? ¿Se produjo algún cambio entre los interlocutores? Después del diálogo, reconocía Masiá, los dos nos convertimos a X, al Misterio que nos desborda, al Misterio del origen amoroso de la Vida. A lo que con sentido del humor comentó Suzuki: Me temo que me estoy convirtiendo al cristianismo, para enseguida seguir afirmando su pertenencia a la tradición budista.

Matar al Buda, matar a Dios?

“Hay que atreverse a matar al Buda. ¿Se atreve Usted a matar a Dios o le parece muy fuerte la frase?”, le espetó sin previo aviso Suzuki a Masiá. A Masiá le impacta la pregunta, que le recuerda la muerte de Dios de Nietzsche.
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A mí la pregunta me sobrecoge. Matar al Buda, ¿no resulta algo irreverente? Que lo hagan los no budistas, vale, pero ¿los budistas? Suzuki lo aclara con una historia. Un principiante del budismo hacía esfuerzos por meditar y el maestro iba destruyendo sus falsos caminos. Un día salió gozoso de su contemplación creyendo presentir la presencia del Buda al volver la esquina y preguntándose por lo que le diría si lo encontrara de repente. Y fue a consultarle al maestro, quien le dijo: “Si por el camino te tropiezas con el mismo Buda, no dudes en matarlo”. ¿Matarlo? Sí, porque si se le aparecía el Buda de esa forma, seguro que era su propia ilusión quien se le habría presentado, y no el Buda.