Tuesday, June 22, 2010

Notre Dame, y sus Misterios.-


En sorprendente vecindad con las luces y la agitación de la londinense Leicester Square se alza la recoleta iglesia de Notre-Dame de France, sita en Leicester Place, bastante cerca de una heladería de moda, pero notoriamente difícil de encontrar, porque la fachada no se presenta con el esplendor que uno ha acabado por asociar con los templos católicos de alguna importancia. Es fácil pasar de largo si uno no se fija, con lo cual nos pasaría ciertamente desapercibido que su decoración difiere significativamente de la de casi todas las demás iglesias cristianas.

Construida por primera vez en 1865 en un lugar vagamente vinculado a los caballeros templarios, Notre-Dame de France quedó casi totalmente destruida por las bombas de los nazis durante el blitz, y la reconstruyeron hacia finales de los años cincuenta. El visitante que no se deja engañar por la modestia exterior se encuentra en un recinto espacioso, alto y luminoso, como es típico en las iglesias católicas de diseño moderno, o eso parece a primera vista. Prácticamente exenta de la recargada estatuaria que suelen ostentar otros templos de mayor antigüedad, tiene no obstante unas pequeñas lápidas con las estaciones del Vía Crucis, y sobre el altar principal un tapiz que representa una Virgen joven y rubia a la que veneran unos animales —y que recuerda un poco la estética de disney más cursi, pero todavía dentro de lo aceptable como representación de una María adolescente—, así como algunos santos de escayola en sus capillas a uno y otro lado.

A mano izquierda del visitante según se mira hacia el altar mayor hay una capilla donde no se venera ninguna estatua, pero que tiene un culto de seguidores sui generis. Los visitantes acuden para admirar y fotografiar un mural muy peculiar que hay allí, obra de Jean Cocteau, quien lo acabó en 1960. La iglesia expende orgullosamente tarjetas postales con la reproducción de su propia y justamente famosa obra maestra.

Pero, al igual que sucede con las pinturas «cristianas» de Leonardo, ésta, cuando se contempla con atención, también revela un simbolismo bastante menos que ortodoxo. Y la comparación con la obra de Leonardo no es casual en modo alguno. Incluso teniendo en cuenta el salto cronológico de 500 años, ¿no podríamos decir que él y Cocteau han colaborado de alguna manera a través de los siglos?



Antes de volver nuestra atención hacia la curiosidad de Cocteau, echemos una ojeada genérica al templo de Notre-Dame de France. Aunque no sea un caso único, desde luego es inusual que una iglesia católica tenga planta circular, que además aquí queda subrayada por varios detalles más.

Por ejemplo, hay una curiosa cúpula con luz central, decorada con un dibujo de anillos concéntricos que podría interpretarse, sin forzar demasiado la interpretación, como una telaraña. Y los muros tienen tanto en el interior como en el exterior un motivo de cruces de brazos iguales alternadas con más círculos.

La iglesia de posguerra, aunque nueva, tiene a orgullo el haber incorporado en su construcción una losa procedente de la catedral de Chartres, la joya más espléndida en la corona de la arquitectura gótica... y como aún nos tocaría descubrir luego, foco de determinados grupos cuyas creencias religiosas no han sido ni de lejos tan ortodoxas como querrían hacernos creer los libros de Historia.

Se podrá objetar que no hay nada especialmente profundo ni siniestro en la inclusión de dicha piedra: al fin y al cabo, durante la guerra esa iglesia fue lugar de encuentro de representantes de la Francia Libre, y un pedazo de Chartres debió de constituir para ellos, seguramente, símbolo conmovedor de todo cuanto la patria representa. Sin embargo, nuestra investigación iba a demostrar que había mucho más que eso.

Todos los días entran en Notre-Dame de France muchas personas, tanto londinenses como forasteras, para rezar y asistir a los oficios religiosos. O mejor dicho, parece ser una de las iglesias más ocupadas de Londres, y además sirve de cómodo refugio a muchos indigentes de las calles, que son acogidos allí con gran caridad. Pero es el mural de Cocteau el imán que atrae a la mayoría de los visitantes que acuden a ella como parte del circuito turístico de Londres, si bien algunos optan por quedarse un rato para disfrutar de ese oasis de calma en medio de la agitación y el estrépito de la capital.

En principio el fresco tal vez decepciona, porque al igual que otras muchas obras de Cocteau parece apenas abocetado con algunos colores sobre una superficie lisa de enlucido. Representa la Crucifixión: alrededor de la víctima los espantados soldados romanos, las mujeres afligidas, los discípulos. Tiene desde luego todos los ingredientes de una escena clásica de la Crucifixión, pero tal como sucede con la Última Cena de Leonardo, vale la pena echar una ojeada más detenida, más crítica y tal vez podríamos decir, con mayor esfuerzo del sentido común.

El personaje central, la víctima de la más horrible forma de suplicio a muerte, bien podría ser Jesús, pero también es cierto que no podemos estar seguros porque sólo se le ve de las rodillas abajo.

La parte superior del cuerpo no se muestra. Y al pie de la cruz hay una rosa enorme de color púrpura, y aquí empiezan las similitudes con la tumba de Julio Verne tal como habíamos comentado.



Observemos, el halcón en el escudo, arriba las dos lanzas forman una cruz, aparecen claramente separados 5 dados + 3 dados, el 8, signo del Mago, la misma postura del soldado romano, guarda especial coincidencia con el arcano del Tarot. Pero en esa marca de color rojo, sólo cinco dados aparecen dentro, remarcando el número del hombre, a diferencia de la Divinidad Ternaria que está fuera, casi al alcance del propio Cocteau, dándole ese toque pagano, al estar al lado de HORUS.



En primer término vemos un personaje que no es romano ni discípulo, uno que se ha vuelto de espaldas a la cruz y parece seriamente trastornado por la escena que acaba de ver.

En verdad debió de ser un acontecimiento consternante, como siempre lo es la muerte de un hombre en tales circunstancias; y hallarse presente mientras todo un Dios encarnado derramaba su sangre sería sin duda terrible, indescriptiblemente traumático. Pero la expresión de ese personaje no es la del filántropo entristecido, ni la del seguidor confundido por la pérdida de su maestro.

A ser de sinceros hay que decir que la ceja fruncida, la mirada de soslayo, componen la mueca de un testigo desengañado, incluso con un algo de repugnancia. La reacción es la de alguien ni remotamente inclinado a doblar la rodilla para rendir culto, sino que manifiesta su opinión de igual a igual.

¿Quién es ese que así expresa su desaprobación al hallarse presente en el acontecimiento más sagrado de la cristiandad? No es otro sino el mismo Cocteau. Y si recordamos que Leonardo se pintó a sí mismo apartando la mirada de la Sagrada Familia en la Adoración de los Magos, y de Jesús en la Última Cena, podremos decir que hay, al menos, un parecido familiar entre todas esas pinturas.
Pero cuando averiguamos que, según aseguran algunos, ambos artistas fueron miembros de la alta jerarquía de una misma sociedad secreta herética, ¡imposible resistirse a continuar la investigación!



Leonardo, el segundo por la derecha da la Espalda a Jesús, en la Última Cena.




Sobre la escena brilla un sol negro que difunde sus rayos oscuros por el cielo en derredor. Delante de él hay un personaje de pie, posiblemente un hombre, cuyos ojos salientes vueltos hacia arriba, y vistos de perfil contra el horizonte, presentan un notable parecido con unos pechos erguidos. Cuatro soldados romanos adoptan posturas épicas alrededor de la cruz, con las jabalinas colocadas en ángulos extraños y, a lo que parece, significativos.
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Uno de ellos lleva escudo, el cual muestra la enseña de un halcón estilizado. A los pies de dos de ellos hay un paño sobre el cual se han echado unos dados. La suma total de los puntos que muestran es cincuenta y ocho.

Un joven de aspecto insignificante se halla con las manos unidas al pie de la cruz; su mirada algo inexpresiva se vuelve vagamente hacia una de las dos mujeres representadas en la escena. Éstas a su vez parecen unidas por un amplio contorno en «M» justo debajo del hombre cuyos ojos parecen pechos. La de más edad, abrumada por el dolor, mira hacia abajo y diríamos que derrama lágrimas de sangre; la otra está literalmente más distante, y aunque se encuentra cerca de la cruz toda ella parece alejarse.
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La figura en «M» muy abierta se repite en el frontis del altar, situado justo delante del mural, pero cabe recordar que la misma M, aparece en el altar, al igual, que en la Gioconda, vuelve aparece, M M, Maria Magdalena.

La última figura de la escena, al extremo derecho, es un hombre de edad indeterminada. Está de perfil y el único ojo visible se ha dibujado con la inconfundible forma de un pez.

Algunos comentaristas han señalado que los ángulos de las lanzas definen la figura de un pentagrama, lo cual de ser cierto constituiría un detalle nada ortodoxo en una escena cristiana tan tradicional. Pero esto, aunque intrigante, no entra en nuestro estudio actual. Como hemos visto, es verdad que hay algunos vínculos aparentes, por más que superficiales, entre los mensajes subliminales de las obras religiosas de Leonardo y de Cocteau, y lo que requiere nuestra atención es el uso común de ciertos símbolos.

Los nombres de Leonardo da Vinci y Jean Cocteau figuran en la lista de Grandes Maestres de la que pretende ser una de las sociedades secretas más antiguas y más influyentes de Europa, el Prieuré de Sion o Priorato de Sión. Muy controvertida, su misma existencia ha sido puesta en duda algunas veces; en consecuencia han sido ridiculizadas sus supuestas actividades y su repercusión, ignorada.






Las dos Marías el sol Negro, y figura no identificada, que puede ser asimilada como un montaña, cabe desatacar que el Sol Negro no tiene ocho rayos, SINO NUEVE, ese número tan marcado a las sociedades hijas del Temple.






Jean Cocteau con Tristan Tzara, poeta e iniciador del movimiento dadaísta, puede verse claramente una S., vestidos de negro, el Color del Priorato, Tristan Tzara, continuo la labor cultural del Priorato de Sión.

Entre los primeros colaboradores de Tzara figuraba un oscuro teniente de artillería perdido en los frentes del norte de Italia. Se llamaba Julius Evola y durante los 55 años siguientes daría que hablar en los medios esotéricos por su inmensa contribución, al estudio de las doctrinas sapienciales, como discípulo más aventajado de René Guenón.

Tzara había pintado una rosa sobre la cruz del campanario y un dedo índice señalando la dirección ascendente... Un impecable símbolo de Juan el Bautista, y como su mentor Cocteau, de fuerte influencia en la mística del Priorato de Sion, y esta curiosa obra, fue regalada al Barón Evola.

Este impulso confuso hacia la trascendencia, estaba del todo ausente en los fundadores del movimiento surrealista... En relación al dadaísmo, el papel de las vanguardias artísticas posteriores es regresivo. Lo que Tzara en su postal al barón Evola había sintetizado con sólo dos trazos resumía todas las aspiraciones del esoterismo y la espiritualidad.



¿ Por qué Tzara, vuelve al igual que Cocteau, a pintar los pies de Jesús con la misma similitud, y aparece también dando la espalda, y gritando lleno de pánico ?. Podemos observar que aparece la temática egipcia, al fondo puede observarse una pirámide.

TEXTO DEL LIBRO “EL OJO DE UN INICIADO”.
PRINCIPE DE SEPTIMIO-BATHZABBAY EL TADMUR.-
Prohibida su reproducción.-