Nada como el vacío está privado de perspectivas para una descripción; nada es más difícil para que se consiga hacerlo ver intuitivamente que la monotonía, en el surge la poesía. La prisión es un perenne no ocurrir nada, una de esas noches vanas y sin estrellas. Con el fallo queda roto definitivamente el ardiente ritmo de nuestra vida.
Días y días pasan después, lo mismo que en el mar olas y olas, ya inquietos o ya, otra vez, cansados y silenciosos.
Sin acontecimientos y por ello desengañado, el Marqués del Krak de los Caballeros, en la duración maceradora y depuradora de esta agonía del alma, menciona, sílaba a sílaba, para hacer que se perciba su pensamiento y saca de la prisión con estas poesías su espíritu fatigado.
Las musas modifican este tiempo, repleto entre muros y barrotes de menudencias e insignificancias.
Días y días pasan después, lo mismo que en el mar olas y olas, ya inquietos o ya, otra vez, cansados y silenciosos.
Sin acontecimientos y por ello desengañado, el Marqués del Krak de los Caballeros, en la duración maceradora y depuradora de esta agonía del alma, menciona, sílaba a sílaba, para hacer que se perciba su pensamiento y saca de la prisión con estas poesías su espíritu fatigado.
Las musas modifican este tiempo, repleto entre muros y barrotes de menudencias e insignificancias.
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De días en los que nos tratan con dureza, y otros ya algo cortésmente.
De esperanza de las familias, y desengaño de la justicia.
Es un sentimiento de presos, en lo externo cambia el calabozo, sólo son diferentes los nombres de las cárceles, las piedras y los muros, pero todas ellas son una y lo mismo; excluyen de la LIBERTAD.
Y los fatuos hados con maligna perseverancia giran, en amplias órbitas errantes, en torno a estrechos círculos, las estrellas y el sol y la luna; anochece y amanece; arrancados de nuestras familias y trabajos, pero con estas poesías de flores y frutas, devorados por el veneno de una impotente nostalgia.
S.A.R.I. José Manuel Mosquera
Príncipe de Septimio-Bathzabbay el Tadmur.
Prisión Preventiva.-
Mi cruz me la enseñaron
en un patio de Murcia,
una mañana fría y húmeda
de un día cualquiera de Diciembre.
Me la entregaron incrédulo, absorto, impotente,
con miedo, con terror, con ira,
estaba en el infierno,
¡Diós mío! ¿Por cuánto tiempo?.
De pronto me encontraba
perdido, ausente, con incierto futuro,
el mundo se eclipsaba, el horror vencía,
lo hecho en el pasado de nada me valía.
Comienzan los paseos, con el cielo por testigo
las miradas, los interrogantes, las dudas,
en el patio, hormigón, ladrillo, alambradas
¿Qué otra cosa había?.
Llegó la incertidumbre, los pájaros volaban,
el dolo, otra vez la ira
pensaba en mi Josefa, amor de toda una vida,
en mis hijos, en mis historias vividas.
Los recuerdos machacones se agolpaban,
se amontonaban día a día,
el amor, la dicha, la entrega, las penurias,
la amistad, la lucha, la traición, todos a una.
El rencor no aparecía, las alambradas seguían,
y a pesar de los pesares, allí seguían,
lo llamaba, con voces que no se oían,
y el cobarde, no venía.
De pronto sucedió un buen día
el miedo se escondía, se refugiaba, se iba,
y en su lugar
la indignación ¡maldita sea! Crecía y crecía.
Y enseguida comprendí, sin ningún lugar a dudas
que aquellos a quién temía
no eran los que me herían,
¡la misma cruz que portaban era como la mía!.
Dolor, ira, rabia; comprendía,
estaban en la calle
los que el mal me hacían,
acusaban con el dedo y a los buenos les servía.
Los malos lo juraban
¡por dios y por su vida!,
los buenos asentían
y administrar justicia creían.
Trabajo, entrega, sacrificio, lucha,
Lealtad, honestidad, cumplimiento, dignidad,
¿de que valían?, todo eso era pasado
los malos señalaban, los buenos asentían.
Los buenos que cómodos son
nunca piensan por su cuenta,
y con sumisión servil
a las leyes se someten, se adaptan.
Ellos saben ciertamente
que estas eternas no son,
las aplican, simplemente,
sean estas justas o no.
La inocencia, por ahora, importancia no tenía,
los posibles a la cárcel,
decisión protegida,
los malos en la calle, a proteger la mentira.
Aunque sean unos canallas,
que más da, decisión protegida,
en las leyes se refugian
que las leyes son superfluas.
En la celda, por las noches
oscuridad y tinieblas,
pensamientos que te embargan
en un dolor ciego y negro.
Volví a llamar al rencor
a gritos desesperados,
verde, azul, playa, mar, río, montaña,
y el bandido no venía.
Y en soledad y en secreto,
Llamé a mi Dios ¡y venía!,
Y me contaba radiante
Que la cruz ya no era mía.
Que la compartía conmigo,
que no importaba el motivo,
tampoco importaba el peso,
que llevadera la haría.
De días en los que nos tratan con dureza, y otros ya algo cortésmente.
De esperanza de las familias, y desengaño de la justicia.
Es un sentimiento de presos, en lo externo cambia el calabozo, sólo son diferentes los nombres de las cárceles, las piedras y los muros, pero todas ellas son una y lo mismo; excluyen de la LIBERTAD.
Y los fatuos hados con maligna perseverancia giran, en amplias órbitas errantes, en torno a estrechos círculos, las estrellas y el sol y la luna; anochece y amanece; arrancados de nuestras familias y trabajos, pero con estas poesías de flores y frutas, devorados por el veneno de una impotente nostalgia.
S.A.R.I. José Manuel Mosquera
Príncipe de Septimio-Bathzabbay el Tadmur.
Prisión Preventiva.-
Mi cruz me la enseñaron
en un patio de Murcia,
una mañana fría y húmeda
de un día cualquiera de Diciembre.
Me la entregaron incrédulo, absorto, impotente,
con miedo, con terror, con ira,
estaba en el infierno,
¡Diós mío! ¿Por cuánto tiempo?.
De pronto me encontraba
perdido, ausente, con incierto futuro,
el mundo se eclipsaba, el horror vencía,
lo hecho en el pasado de nada me valía.
Comienzan los paseos, con el cielo por testigo
las miradas, los interrogantes, las dudas,
en el patio, hormigón, ladrillo, alambradas
¿Qué otra cosa había?.
Llegó la incertidumbre, los pájaros volaban,
el dolo, otra vez la ira
pensaba en mi Josefa, amor de toda una vida,
en mis hijos, en mis historias vividas.
Los recuerdos machacones se agolpaban,
se amontonaban día a día,
el amor, la dicha, la entrega, las penurias,
la amistad, la lucha, la traición, todos a una.
El rencor no aparecía, las alambradas seguían,
y a pesar de los pesares, allí seguían,
lo llamaba, con voces que no se oían,
y el cobarde, no venía.
De pronto sucedió un buen día
el miedo se escondía, se refugiaba, se iba,
y en su lugar
la indignación ¡maldita sea! Crecía y crecía.
Y enseguida comprendí, sin ningún lugar a dudas
que aquellos a quién temía
no eran los que me herían,
¡la misma cruz que portaban era como la mía!.
Dolor, ira, rabia; comprendía,
estaban en la calle
los que el mal me hacían,
acusaban con el dedo y a los buenos les servía.
Los malos lo juraban
¡por dios y por su vida!,
los buenos asentían
y administrar justicia creían.
Trabajo, entrega, sacrificio, lucha,
Lealtad, honestidad, cumplimiento, dignidad,
¿de que valían?, todo eso era pasado
los malos señalaban, los buenos asentían.
Los buenos que cómodos son
nunca piensan por su cuenta,
y con sumisión servil
a las leyes se someten, se adaptan.
Ellos saben ciertamente
que estas eternas no son,
las aplican, simplemente,
sean estas justas o no.
La inocencia, por ahora, importancia no tenía,
los posibles a la cárcel,
decisión protegida,
los malos en la calle, a proteger la mentira.
Aunque sean unos canallas,
que más da, decisión protegida,
en las leyes se refugian
que las leyes son superfluas.
En la celda, por las noches
oscuridad y tinieblas,
pensamientos que te embargan
en un dolor ciego y negro.
Volví a llamar al rencor
a gritos desesperados,
verde, azul, playa, mar, río, montaña,
y el bandido no venía.
Y en soledad y en secreto,
Llamé a mi Dios ¡y venía!,
Y me contaba radiante
Que la cruz ya no era mía.
Que la compartía conmigo,
que no importaba el motivo,
tampoco importaba el peso,
que llevadera la haría.
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José M. Alarcón
Marqués del Crac de los Caballeros
José M. Alarcón
Marqués del Crac de los Caballeros
LIBRO JOSE MARIA



