Thursday, August 27, 2009

Llegada a Oporto.-

Curiosa factura del bar de pescadores.-

La Princesa de Tadmur, descansando en el salón de los Marqueses de Guimaraes, anfitriones.





Macetas, en acorde con la gravedad



Calles vacías.-




IGLESIA DE LA ORDEN TERCIARIA DE SAN FRANCISCO

Llegamos a Oporto, a la puesta del Sol, centenares de turistas recorrían su puerto, olor a sardinas recién asadas, hacían palpitar mi estómago, que es de buen comer.


Cuando llego a una nueva ciudad, lo primero que hago es llenar mis pulmones de ese aire especial, y particular que inunda cada sitio, que lo hace especial. El aire de Oporto es diferente al de cualquier lugar, es marino, es de campo, es de cielo, es de gente especial…


Junto con mi esposa recorremos pausadamente cada espacio, cada rincón del malecón. Ancianas con sus toallas, niños jugando, turistas comiendo ese maravilloso bacalao…


Decidimos apartarnos de la zona turística y recorrer esas callejuelas olvidadas, solo transcurridas por ancianas y verdaderos porteños. Unas dando de comer a los gatos, otros bebiendo ese magnífico Oporto que hizo famosa la ciudad.


La oscuridad nocturna, da un color especial a las callejuelas. Que con la luz artificial parecen de oro, y de poesía.


Vamos entrando en esa ciudad prohibida, desconocida de los turistas, y enriquecedora de los portugueses. Balconadas con peligrosas macetas, solo sostenidas por un pequeño muro de piedra, hacen una especie de lotería fatídica, para el que tenga el “honor”…, de que despierte la genialidad al igual que la manzana de Newton.


Al terminar, entramos en un restaurante marinero, que tiene el encanto de darnos el comprobante de gastos en una hoja de papel, que me lleva a creer que debemos 3.400 €, cuando en realidad son 34…


Mañana otro día….