Este viernes, podrán leer en formato digital, la novela Elena.
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La emperatriz Elena, madre de Constantino el Grande, llevó a cabo el histórico peregrinaje a Palestina, encontró unos trozos de madera que podían haber sido parte de la cruz, y construyó un par de iglesias en Belén y Olivet. La vida de Elena coincide con uno de los grandes momentos críticos de la historia, el reconocimiento del cristianismo como religión de un Imperio romano devastado por la insensatez, la corrupción y las intrigas.
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La era de Constantino es extrañamente oscura. La mayoría de datos y hechos que las enciclopedias dan confiadamente se ablandan y disuelven al examinarlos. La vida de
santa Elena empieza y termina en conjeturas y leyenda. Podemos aceptar como cierto que fue madre de Constantino, a quien tuvo con Constancio Cloro; que su hijo la proclamó emperatriz; que estaba en Roma en 326 cuando Crispo, Liciniano y Fausta fueron asesinados; que poco después fue a jerusalén y tuvo que ver con la construcción de iglesias en Belén y en el monte de los Olivos. Es casi seguro que dirigió las excavaciones en que se encontraron trozos de madera que ella y toda la cristiandad aceptaron al punto como la cruz en que murió Nuestro Señor; que se llevó algunos de esos trozos, con otras muchas reliquias, y dejó otra parte en Jerusalén; que vivió parte de su vida en Naissus, Dalmacia, y Tréveris. Algunos hagiógrafos han imaginado que estuvo en Nicea en 325. Esto no lo sabemos.
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La emperatriz Elena, madre de Constantino el Grande, llevó a cabo el histórico peregrinaje a Palestina, encontró unos trozos de madera que podían haber sido parte de la cruz, y construyó un par de iglesias en Belén y Olivet. La vida de Elena coincide con uno de los grandes momentos críticos de la historia, el reconocimiento del cristianismo como religión de un Imperio romano devastado por la insensatez, la corrupción y las intrigas.
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La era de Constantino es extrañamente oscura. La mayoría de datos y hechos que las enciclopedias dan confiadamente se ablandan y disuelven al examinarlos. La vida de
santa Elena empieza y termina en conjeturas y leyenda. Podemos aceptar como cierto que fue madre de Constantino, a quien tuvo con Constancio Cloro; que su hijo la proclamó emperatriz; que estaba en Roma en 326 cuando Crispo, Liciniano y Fausta fueron asesinados; que poco después fue a jerusalén y tuvo que ver con la construcción de iglesias en Belén y en el monte de los Olivos. Es casi seguro que dirigió las excavaciones en que se encontraron trozos de madera que ella y toda la cristiandad aceptaron al punto como la cruz en que murió Nuestro Señor; que se llevó algunos de esos trozos, con otras muchas reliquias, y dejó otra parte en Jerusalén; que vivió parte de su vida en Naissus, Dalmacia, y Tréveris. Algunos hagiógrafos han imaginado que estuvo en Nicea en 325. Esto no lo sabemos.+
No sabemos dónde nació ni cuándo. Es tan probable que naciera en Britania como en cualquiera otra parte, y los historiadores británicos decían siempre que era nuestra. No sabemos si Constancio visitó Britania en 273, pues no tenemos detalles de los primeros años de su vida. Su posición y capacidad lo hubieran calificado para ir de emisario ante Tétrico, pero el representárnoslo en tal empleo es una mera conjetura. Helenópolis (Drepanum), lugar situado a orillas del Bósforo, alegaba ser el lugar de nacimiento de Elena basándose en su nombre, pero Constantino era caprichoso en esos alardes de sentimiento familiar. El nombre de su madre se lo puso por lo menos a otra ciudad (en España) y con el de su hermana Constancia renombró el puerto de Maiouma en Palestina, donde no es concebible que naciera. Al preferir Colchester a York me ha guiado lo pintoresco. La fecha -como todas en esta era- es incierta. El panegirista de Elena cuenta que tenía más de ochenta años cuando fue a Jerusalén, pero esto me ha parecido una exageración piadosa.
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No sabemos si la madera que encontró Elena es la Verdadera Cruz. No hay por qué pensar en la difícil posibilidad de su conservación, pues el tiempo que media entre Elena y Nuestro Señor no es mayor que el que hay entre nosotros y el rey Carlos 1, pero, si aceptamos su autenticidad, creo que debemos admitir un elemento milagroso en su descubrimiento e identificación. Sabemos que la mayoría de las reliquias de la Verdadera Cruz que actualmente se veneran en diversos lugares tiene una clara descendencia de la reliquia venerada en la primera mitad del siglo IV. El vulgo solía opinar que había, de esta "Verdadera Cruz", trozos suficientes para construir un acorazado. En el siglo pasado un sabio francés, Charles Rohault de Fleury, se tomó el gran trabajo de medirlos todos. Le resultó un total de cuatro millones de milímetros cúbicos, mientras que la cruz en que sufrió Nuestro Señor se compondría probablemente de unos ciento setenta y ocho millones. En cuanto al volumen se refiere, por lo tanto, la credulidad de los fieles no es exagerada...
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No sabemos si la madera que encontró Elena es la Verdadera Cruz. No hay por qué pensar en la difícil posibilidad de su conservación, pues el tiempo que media entre Elena y Nuestro Señor no es mayor que el que hay entre nosotros y el rey Carlos 1, pero, si aceptamos su autenticidad, creo que debemos admitir un elemento milagroso en su descubrimiento e identificación. Sabemos que la mayoría de las reliquias de la Verdadera Cruz que actualmente se veneran en diversos lugares tiene una clara descendencia de la reliquia venerada en la primera mitad del siglo IV. El vulgo solía opinar que había, de esta "Verdadera Cruz", trozos suficientes para construir un acorazado. En el siglo pasado un sabio francés, Charles Rohault de Fleury, se tomó el gran trabajo de medirlos todos. Le resultó un total de cuatro millones de milímetros cúbicos, mientras que la cruz en que sufrió Nuestro Señor se compondría probablemente de unos ciento setenta y ocho millones. En cuanto al volumen se refiere, por lo tanto, la credulidad de los fieles no es exagerada...
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Son absolutamente ficticios los siguientes nombres. Marcias, Calpurnia, Carpicio y Emolfo.
El Judío Errante no ha tenido hasta ahora relación con Elena.
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El Judío Errante no ha tenido hasta ahora relación con Elena.
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Yo los he juntado a modo de ardid para conciliar dos relatos discrepantes de la invención. uno, que Elena fue llevada al lugar en un sueño; la segunda y menos creíble versión, que la información se la sacó a un rabino entrado en años a quien puso en el fondo de un pozo y dejó allí una semana.
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De un modo un tanto parecido he dado a Constancio Cloro una amante, aunque tuvo fama de ser desusadamente casto. Un historiador hace de Elena una concubina, con bastantes años, de Drepanum. He imaginado la ahogada de Bitinia como una insinuación, para los enterados, de que no creo en la verosimilitud de ese cuento.
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Dispersos en las páginas siguientes hay otros ecos y reflexiones de ese género, pero sería tedioso señalarlos. Los encontrará cualquiera a quien le diviertan.
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El relato no es sino algo para ser leído; en realidad es una leyenda.
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EVELYN WAUGH "IN MEMORIAM".



