Monday, December 18, 2006

CUADERNO CONCORDIA

Al tratar de comprender las cambiantes realidades religiosas en la Península Ibérica y reelaborar su conocimiento, particularmente en los reinos y los tiempos de Fernando I de León y Castilla, nos pareció que un punto de luz podía constituirlo su eventual
comparación y paralelismo con el momento presente, en el que caminamos hacia una nueva definición o construcción de la antigua Europa.
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Es decir, que el reino de León y Castilla, durante el reinado de Fernando I, participó progresivamente con una mayor presencia sin complejo alguno de inferioridad, superioridad o de aislacionismo casticista, en la construcción de la nueva cultura europea occidental, que entonces se estaba formando, aportanto sus propias vivencias, tradiciones y esfuerzos en todos los ámbitos y particularmente en el religioso-cultural, que aquí tratamos exclusivamente.
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El mejor exponente de esta realidad fueron las relaciones con Roma y con Cluny, particularmente, pues son acciones documentadas de una interrelación Europa - reino de León y Castilla, que nunca dejó de existir. De un lado, los reinos cristianos del Norte ya no podían seguir mirando hacia el Norte de Africa, que hacía siglos que
había dejado de ser cristiana, ni hacia el cristianismo mozárabe, en cuya cultura ya no se reconocían, aunque pudieran eventualmente participar de su fe y de ciertas tradiciones jurídicas y culturales. La herejía del adopcionismo, como señalara Ramón d'Abadal, fue la ocasión de advertir y asumir conscientemente esta ruptura.
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De otro lado, Europa, es decir fundamentalmente el mundo carolingio y Roma, siempre mantuvieron relaciones con la sociedad de los reinos cristianos del Norte peninsular, con mayor asidui
dad y consistencia a medida que estos núcleos primeros y reducidos fueron incrementando su importancia geográfica, demográfica, militar,
religiosa y política y contando con que estos dos polos europeos pasaron a su vez por fases de brillantez y de declive. Lo mismo pasará con otros pueblos periféricos tras de su conversión y eventual encuadramiento en el imperio otoniano, como los eslavos y los magiares, o integrándose en unidades políticas anteriores, como los daneses de Inglaterra también en los alrededores del año mil.
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En consecuencia, pueblos antiguos y recién llegados, instituciones tradicionales y renovadas o nuevas, ideas y esperanzas novedosas y ansias de mirar hacia adelante, dejando atrás un mundo tan venerable como caduco, se concitan en torno al año mil para asistir al nacimiento de la cultura europea occidental. Como dice Christopher
Dawson: "Es imposible trazar una línea que separe tajantemente un período de otro, sobre todo al historiar cosa tan compleja y amplia como son los primeros pasos de una civilización ... No obstante, es indudable que el siglo XI señala un cambio decisivo en la historia europea:
el fin de la "edad tenebrosa" y la aparición de la cultura occidental".